
Johann Heinrich Füssli: The Nightmare (1781, detalle)
I
El doctor Carlos Carranza tiene la cabeza cortada al ras, sus sesos al aire y una mandíbula que no mastica pero se mueve. Cuando lo vi, hace dos años, en la reunión anual de la Sociedad Argentina de Escritores, una enfermera lo asistía. Su familia, dos hijos y su esposa, iban en un balde que una mucama trasladaba de un lugar a otro.
—Sun literatón, ond presto mrumbr snicntnis —decía Carranza. La enfermera le pasaba un trapito con el que quitaba la sangre y los pedacitos de materia gris que se acumulaban en los bordes de su cráneo. No tenía ojos, pero oía bastante bien.
—Scienden melínfulos pero gansan pterando cualques décronos —acordaba alguien.
—Quelque scriba pra resoplar sun créspido. —Carranza balanceaba su lengua para relamerse un resto mal cortado del cartílago de su nariz, y largaba flemas y cosas así—: Encambio, ¡jazzottadas as migranhas, solumbran escofielúdas e abercrômbias!
—Exáctomo —decía otra persona—. En se añijan, ondra hulen, pronstiran nicre ond estumo. Ulti afogar occilanda.
Cuando ya no tenía nada que decir, la enfermera tapaba su cabeza achatada con una bandeja de acero, y el escritor cantaba. Su familia chapoteaba en el balde.
—Sun literatón, ond presto mrumbr snicntnis —decía Carranza. La enfermera le pasaba un trapito con el que quitaba la sangre y los pedacitos de materia gris que se acumulaban en los bordes de su cráneo. No tenía ojos, pero oía bastante bien.
—Scienden melínfulos pero gansan pterando cualques décronos —acordaba alguien.
—Quelque scriba pra resoplar sun créspido. —Carranza balanceaba su lengua para relamerse un resto mal cortado del cartílago de su nariz, y largaba flemas y cosas así—: Encambio, ¡jazzottadas as migranhas, solumbran escofielúdas e abercrômbias!
—Exáctomo —decía otra persona—. En se añijan, ondra hulen, pronstiran nicre ond estumo. Ulti afogar occilanda.
Cuando ya no tenía nada que decir, la enfermera tapaba su cabeza achatada con una bandeja de acero, y el escritor cantaba. Su familia chapoteaba en el balde.
II
La señora Ramírez, de profesión enfermera, hace unos ravioles muy ricos.
Todos los mediodías sale al campo a cazar avestruces con las boleadoras que heredó de su primo muerto hace tiempo. No tienen nada que cualquier persona excepto la señora Retamar no haya visto en otras boleadoras; y está bien, porque lo que las destaca son los recuerdos que guarda de aquellas, y no en su mente. Ahí quería llegar: cuando cumplió doce horas de muerto su primo Marcelino dio a luz un avestruz, porque —no sean tarados— le gustó la rima. Era mediodía o había nubes, ya dije. El animal iba corriendo a lo loco por la planicie, y en un susto metió la cabeza bajo tierra y lo vio tendido en el ataúd. Esto sucedió en dos ocasiones, con las que el hombre fabricó las boleadoras. Si no me creen, allá ustedes. La señora Rimoldi tiene muy buena memoria, no en su mente —esto también lo dije; no me aburran— sino en las cabezas cortadas de sus presas.
Lo de los ravioles lo cuento después porque la señora Rita Rodríguez ahora me va a dar unas sorpresas, platos preparados con algo que ha atrapado recientemente... Y después trajeron el rosario de las pezuñas del Diablo.
Váyanse a cagar.
Todos los mediodías sale al campo a cazar avestruces con las boleadoras que heredó de su primo muerto hace tiempo. No tienen nada que cualquier persona excepto la señora Retamar no haya visto en otras boleadoras; y está bien, porque lo que las destaca son los recuerdos que guarda de aquellas, y no en su mente. Ahí quería llegar: cuando cumplió doce horas de muerto su primo Marcelino dio a luz un avestruz, porque —no sean tarados— le gustó la rima. Era mediodía o había nubes, ya dije. El animal iba corriendo a lo loco por la planicie, y en un susto metió la cabeza bajo tierra y lo vio tendido en el ataúd. Esto sucedió en dos ocasiones, con las que el hombre fabricó las boleadoras. Si no me creen, allá ustedes. La señora Rimoldi tiene muy buena memoria, no en su mente —esto también lo dije; no me aburran— sino en las cabezas cortadas de sus presas.
Lo de los ravioles lo cuento después porque la señora Rita Rodríguez ahora me va a dar unas sorpresas, platos preparados con algo que ha atrapado recientemente... Y después trajeron el rosario de las pezuñas del Diablo.
Váyanse a cagar.
III
Famoso crítico cultural vernáculo habríase alabado a sí mismo con énfasis tal que dos patovicas morrudas que pasaban por su fijación con los filósofos franceses le acaramelaron el trompo con hiedras venenosas.
—No me estaba alabando, me estaba lavando —dice el culto profantrofesor.
Eso enoja mucho más a las patovicas, vacuas cabales en términos de ortografía.
—En términos de ventriculometría auricular, tevamua rompelo janteojo —dicen ellas, en un malabar de sabihondez muy a la moda (pero sarcásticas). Y se hunde Yolando Yáñez en su propia labia:
—¿Dónde está el sarcasmo? No en el trompo. No en mi pasión európea, no en mi desdén argentíneo hacia lo vulgado, lo villeño, lo groncho. Y después me voy a mear de la opulencia a un museo con instalaciones bien conchetas, y música electrónica de fondo. Ay, ¡qué lindo!
Yáñez, cómo le dicen al crítico, y cómo le van a decir si así se llama, pliega las tautografías y los contrascentos, y respira hondo, refinado, evanescente, exquisito, diáfano, y otras linduras que le encanta usar en sus escritos ñudos, brales y sudos, máquina literaria, canon literario, sistema literario, y pone un prendedor de puán en su remera.
—Tevamua reventá —dicen ellas, rondas en un surto hilário, ergásticas, y sacan a relucir un roedor.
—Mi estatus de buengusto intachable —dice él, mártir, y se entrega.
¡Roedor, no desgastes tu paz! ¡Roedor, aclimátate a las pampas! ¡Y el mar!
—No me estaba alabando, me estaba lavando —dice el culto profantrofesor.
Eso enoja mucho más a las patovicas, vacuas cabales en términos de ortografía.
—En términos de ventriculometría auricular, tevamua rompelo janteojo —dicen ellas, en un malabar de sabihondez muy a la moda (pero sarcásticas). Y se hunde Yolando Yáñez en su propia labia:
—¿Dónde está el sarcasmo? No en el trompo. No en mi pasión európea, no en mi desdén argentíneo hacia lo vulgado, lo villeño, lo groncho. Y después me voy a mear de la opulencia a un museo con instalaciones bien conchetas, y música electrónica de fondo. Ay, ¡qué lindo!
Yáñez, cómo le dicen al crítico, y cómo le van a decir si así se llama, pliega las tautografías y los contrascentos, y respira hondo, refinado, evanescente, exquisito, diáfano, y otras linduras que le encanta usar en sus escritos ñudos, brales y sudos, máquina literaria, canon literario, sistema literario, y pone un prendedor de puán en su remera.
—Tevamua reventá —dicen ellas, rondas en un surto hilário, ergásticas, y sacan a relucir un roedor.
—Mi estatus de buengusto intachable —dice él, mártir, y se entrega.
¡Roedor, no desgastes tu paz! ¡Roedor, aclimátate a las pampas! ¡Y el mar!
IV
Héctor Hermida anda por las calles atravesado de fierros escabrosos, llama la atención y no le dan ni la hora, pide gancho y no le llevan el apunte. Pero cuando la hora áurea cuaja en su proporción hormonal maravilhúda, con hirsutos y maravís, lo enganchan y lo atienden como a un rábano, como a un rotor, como a una precisión. Y así su corazón empalma, colgado de su espalda, con la estación espacial MIR o alguna cosa parecida, y los presidentes del orbe, marinitos y copetones en automóviles moloko vellocet, se acicalan y repiquetean los flejes y las carótidas. Esto no agrada a Hermida, poco dado a las fiestas de compromiso. “Sea lo que sea, que sea”, dice.
Su gancho horario alzado en el Obelisco gira y remolona cual ronrón de murrungo, y fluctúa la posibilidad del afincamiento en Marte de una expedición de la NASA, o de la ESA —el que llegue primero, bah, pasará de potencia a acto—; quién sabe. Mmmm. Se pelean por él, todos quieren su gravitatoria; todos su circulación; todos su ferretería. Mmm, mmmm. Así le hacen, ¡así le hacen, niquefuera! Y mejor no hablar de las áltuces nevuras que se entroncan, oh letuzas y gatatas y ladichetas, en el escotoma técnico, cantado a la vista por un referí que si no se parece mucho a Nagaryuna, entonces ya no sé más nada. Como Lewis Carroll, observa la falta de ojos en las caras ajenas: la piel los cubre. Horripílase. “Vea lo que vea, que vea”, dice Hermida.
Así tercia. Así se posiciona él, adalid de investigación y desarrollo en un improvisado laboratorio del conurbano bonaerense, y no le refriegan las órbitas (oculares o cualesquiera), y no le captan el paradiddle que viene practicando desde la Época de los Fiordos.
Mejor olvidar. La Época, digo. Y lo demás, no sé.
Su gancho horario alzado en el Obelisco gira y remolona cual ronrón de murrungo, y fluctúa la posibilidad del afincamiento en Marte de una expedición de la NASA, o de la ESA —el que llegue primero, bah, pasará de potencia a acto—; quién sabe. Mmmm. Se pelean por él, todos quieren su gravitatoria; todos su circulación; todos su ferretería. Mmm, mmmm. Así le hacen, ¡así le hacen, niquefuera! Y mejor no hablar de las áltuces nevuras que se entroncan, oh letuzas y gatatas y ladichetas, en el escotoma técnico, cantado a la vista por un referí que si no se parece mucho a Nagaryuna, entonces ya no sé más nada. Como Lewis Carroll, observa la falta de ojos en las caras ajenas: la piel los cubre. Horripílase. “Vea lo que vea, que vea”, dice Hermida.
Así tercia. Así se posiciona él, adalid de investigación y desarrollo en un improvisado laboratorio del conurbano bonaerense, y no le refriegan las órbitas (oculares o cualesquiera), y no le captan el paradiddle que viene practicando desde la Época de los Fiordos.
Mejor olvidar. La Época, digo. Y lo demás, no sé.
In memóriam Phineas Gage
V
Dice Malcero Moltovino: “El otro día iba por ahí y escuché una canción que me dio como cosa. Cosa sensatíva, emocionúda, de como algo aquí en mi pecho. Eso que se dice ay qué cul qué fayon qué puertomadero qué costasalguero qué actitud qué rocstar, o por ahí iba el asunto. Cantar cantaba bien el que cantaba, la guitarrita en áspides y asmodeas cimbronava prestas notillas, el bajo bumdumbum bumdumbum bu bum bu bumbum, la batería era una pentópoda cabrona, y antes de la parte de chaaan chan chancun venía otra que era como la trompeta esa del día que fuimos allá, te acordás, y el Tincho se grampó un alcite, qué nabo. Y la letra habla de algo también que está buenísimo”.
Moltovino amenaza con parirse un elefante por la puerta del ascensor, y el público pide más. Esto dice él: “Primero el acorde rítmico de acá hasta acá, haciendo chi pun chi, y eso enganchaba con el estribillo. Y el final viene de repente, en trémolos del wah-wah que afina pararriba y parabajo, con el bajobajo haciendo lo mismo, y el solo de trompeta, en arpegios de escala mundanal o algo”.
Moltovino, el edificio que reseña discos en la revista más importante de la ciudad, da nacimiento a tres nuevos fans, dados al grito extático desde entonces para siempre, como es de público conocimiento. Y la gente apabulla la entrada del recital crítico-pelotudo, rompe los carteles y saquea el escenario. Retardo del artista adolescente, que le dicen.
Moltovino se ha convertido a sí mismo en las oficinas de su revista, y alquila por módico precio un cuartito en la planta baja al cuidador del zoológico, que con cuánto esfuerzo cincha que cincha saca los elefantes en carretilla y los empuja al colectivo, rápido pues hay más gente para subir.
(El tema es: ¿Quién es más artista?; ¿el hueño o la galliza?, ¿la escenia o el atril?, ¿la horma o el contorno?, ¿el pabilo o la contorsión?).
Moltovino amenaza con parirse un elefante por la puerta del ascensor, y el público pide más. Esto dice él: “Primero el acorde rítmico de acá hasta acá, haciendo chi pun chi, y eso enganchaba con el estribillo. Y el final viene de repente, en trémolos del wah-wah que afina pararriba y parabajo, con el bajobajo haciendo lo mismo, y el solo de trompeta, en arpegios de escala mundanal o algo”.
Moltovino, el edificio que reseña discos en la revista más importante de la ciudad, da nacimiento a tres nuevos fans, dados al grito extático desde entonces para siempre, como es de público conocimiento. Y la gente apabulla la entrada del recital crítico-pelotudo, rompe los carteles y saquea el escenario. Retardo del artista adolescente, que le dicen.
Moltovino se ha convertido a sí mismo en las oficinas de su revista, y alquila por módico precio un cuartito en la planta baja al cuidador del zoológico, que con cuánto esfuerzo cincha que cincha saca los elefantes en carretilla y los empuja al colectivo, rápido pues hay más gente para subir.
(El tema es: ¿Quién es más artista?; ¿el hueño o la galliza?, ¿la escenia o el atril?, ¿la horma o el contorno?, ¿el pabilo o la contorsión?).
VI
A Abigail y Brittany Hensel..
La madre va con su hijita pelirroja. Han salido del jardín de infantes, y en un quiosco revisan con los ojos la mercadería que rebosa dulzor. Decí que no está el padre, al que no le gustan los alfajores, ni de chocolate ni de nada. Que si no. Pero la madre consiente a su hija un paquete de caramelos, y uno de papas fritas que trae además muñequitos de personajes de dibujos animados, y también un alfajor de chocolate.
En eso pasa una vecina, doña Fernanda Ferreira.
¡Eh, Barry!
Lo mal que hacen.
Ninguno de los lectores se asustará tanto como la nena, pues todavía no dije que doña Fernanda es una mujer-yegua, o si gustan: una lady-mare.
(Lo mal que hacen, con esos rápidos pero erróneos reflejos etimológicos. Lo mal que hacen, puesto que todos han pensado en nightmare, ¿no es cierto, Tom? Pero resulta que en nightmare, el componente mare no guarda ninguna relación con una “yegua”, sino con una entidad femenina maligna del folklore escandinavo que provoca malos sueños al sentarse y calbalgar sobre el pecho del durmiente. Más o menos lo que hacían los íncubos. Esta entidad se llama mara en noruego y danés, y mare en islandés, sueco y nórdico antiguo. Entendámonos, malditos: ¡es la pesadilla quien cabalga sobre su víctima! Por ende una nightmare no puede ser una “yegua nocturna” sino más bien una especie de jineta, en todo caso: y en eso coincide la creencia de que a la mara le gustaba andar a caballo. Todo esto según la Wikipedia, eh).
Mírenla pero no se zarpen, loco. Lo mal que hacen, puesto que doña Fernanda es honrada, servicial, amable.
Doña Fernanda anda por los cincuenta y cinco años, y ahora tiene un pulóver gris, pelo lacio y no muy largo, sujeto con una vincha blanca, una silueta en forma para su edad, zapatillas blancas, y un pantalón vaquero azul, con un hoyo en las asentaderas por el que continúa el resto equino de su cuerpo: torso y un par de patas de un organismo incompleto que la obedece y que trota con ella.
Este animal es ciertamente una yegua sin cabeza ni extremidades anteriores empotrada en las nalgas de su anfitriona. Como en cualquier caso de gemelos conectados asimétricos, y perdón que lo diga así, el parásito quiere en vida aquello que no pudo completar en el vientre materno: un cuerpo entero; y por eso la parte yegua de doña Fernanda no se cansa de crecer a expensas de la energía de la parte humana.
¿Hay una cabeza de caballo dentro del cuerpo de la mujer? Es muy posible. ¿Hay un cerebro de caballo dentro de esa cabeza? También es posible. ¿Crece ese cerebro, y aloja la pseudoconciencia de caballo que tendría si fuera un animal común? Es poco probable, pero antes de sanatear consultemos y traduzcamos un fragmento del quinto capítulo de Anomalies and Curiosities of Medicine de Gould y Pyle, en la versión del Centro de Textos Electrónicos de la Biblioteca de la Universidad de Virginia (que reproduce la edición de W. B. Saunders & Company, Filadelfia, 1901):
Ahora doña Fernanda charla con la nenita, le pregunta si va a jardín (más vale que sí; por algo ese delantal), si le gustan los caramelos (obvio que sí, o qué), y finalmente, cómo se llama.
Ustedes, pibes de barrio, le gritan cosas a doña Fernanda. ¡Lo mal que hacen! ¡Tom, a vos te digo!
La madre, que no cree que las centauras deban andar sueltas por la ciudad así como así, ocupando vereda y haciéndose notar, se inclina para hablarle a su hija con esa incomodidad respetuosa que aflora en instancias de educación infantil inesperadas: “Contestale a la señora”.
Nada. La nena no habla.
Doña Fernanda comenta algo, una noticia que salió en televisión, anzuelo con que pique la lengua charleta y con forma de pescado del quiosquero. Fssst fsst.
Son unos guachos, mirá que irle a joder la vida a la doña.
El quiosquero no dice nada y sigue pastando las planicies de su local, fsst fssst, y doña Fernanda saca una manzana remolona de su bolso de compras. No estaría bien que la mamá se subiera a doña Fernanda, y que salieran las dos rumbo a no sé dónde.
Cortenlá, loco. Barry, Tom: ¡cállense!
¡No estaría nada bien! ¿Abandonar a su hija, que padece sirenomelia y ciclopia? ¡Pero ¿qué va a decir el padre?!
¡Lo mal que hacen! ¡El día menos pensado te estampa una coz en la frente!
En eso pasa una vecina, doña Fernanda Ferreira.
¡Eh, Barry!
Lo mal que hacen.
Ninguno de los lectores se asustará tanto como la nena, pues todavía no dije que doña Fernanda es una mujer-yegua, o si gustan: una lady-mare.
(Lo mal que hacen, con esos rápidos pero erróneos reflejos etimológicos. Lo mal que hacen, puesto que todos han pensado en nightmare, ¿no es cierto, Tom? Pero resulta que en nightmare, el componente mare no guarda ninguna relación con una “yegua”, sino con una entidad femenina maligna del folklore escandinavo que provoca malos sueños al sentarse y calbalgar sobre el pecho del durmiente. Más o menos lo que hacían los íncubos. Esta entidad se llama mara en noruego y danés, y mare en islandés, sueco y nórdico antiguo. Entendámonos, malditos: ¡es la pesadilla quien cabalga sobre su víctima! Por ende una nightmare no puede ser una “yegua nocturna” sino más bien una especie de jineta, en todo caso: y en eso coincide la creencia de que a la mara le gustaba andar a caballo. Todo esto según la Wikipedia, eh).
Mírenla pero no se zarpen, loco. Lo mal que hacen, puesto que doña Fernanda es honrada, servicial, amable.
Doña Fernanda anda por los cincuenta y cinco años, y ahora tiene un pulóver gris, pelo lacio y no muy largo, sujeto con una vincha blanca, una silueta en forma para su edad, zapatillas blancas, y un pantalón vaquero azul, con un hoyo en las asentaderas por el que continúa el resto equino de su cuerpo: torso y un par de patas de un organismo incompleto que la obedece y que trota con ella.
Este animal es ciertamente una yegua sin cabeza ni extremidades anteriores empotrada en las nalgas de su anfitriona. Como en cualquier caso de gemelos conectados asimétricos, y perdón que lo diga así, el parásito quiere en vida aquello que no pudo completar en el vientre materno: un cuerpo entero; y por eso la parte yegua de doña Fernanda no se cansa de crecer a expensas de la energía de la parte humana.
¿Hay una cabeza de caballo dentro del cuerpo de la mujer? Es muy posible. ¿Hay un cerebro de caballo dentro de esa cabeza? También es posible. ¿Crece ese cerebro, y aloja la pseudoconciencia de caballo que tendría si fuera un animal común? Es poco probable, pero antes de sanatear consultemos y traduzcamos un fragmento del quinto capítulo de Anomalies and Curiosities of Medicine de Gould y Pyle, en la versión del Centro de Textos Electrónicos de la Biblioteca de la Universidad de Virginia (que reproduce la edición de W. B. Saunders & Company, Filadelfia, 1901):
Una de las historias más inusuales y melancólicas de la deformidad humana es la de Edward Mordake, de quien se decía que había sido heredero de uno de los linajes más nobles de Inglaterra.No sé si esto aclara algo o confunde más. ¿Eh, Barry?
Nunca reclamó el título, sin embargo, y se suicidó a sus treinta y tres años de edad. Vivió en reclusión absoluta, en un rechazo de las visitas de su propia familia. Joven de sutiles dotes, de profunda erudición, y músico de rara habilidad, su figura era notable por su gracia, y su rostro —vale decir, su rostro normal— era el de un Antínoo. Mas en la nuca tenía otra cara, la de una bella niña, “hermosa como un sueño, repulsiva como un demonio”. Este rostro femenino era una mera máscara que “ocupaba una pequeña porción de su cráneo, y que exhibía todos los signos de una inteligencia, aunque de maligna suerte”. Cuando Mordake lloraba, la máscara reía y lo escarnecía. Sus ojos seguían los movimientos del espectador, y los labios farfullaban sin cesar. No se le oía ninguna voz, pero Mordake asevera que durante la noche lo despertaban los odiosos susurros de su “gemela malvada”, como él la llamaba, “quien nunca duerme, pero me habla siempre de cosas de las que sólo en el infierno se conversa. Ninguna imaginación puede concebir las horribles tentaciones que presenta ante mí. Estoy atado a este demonio, ya que seguramente es un demonio, por alguna maldad imperdonable de mis antepasados. Yo ruego e imploro que lo destrocen hasta que pierda toda apariencia humana, aun si a causa de ello muero”. Esas fueron las palabras del desdichado Mordake a Manvers y a Treadwell, sus médicos. Sin que obstara una cuidadosa vigilancia, logró conseguir veneno, e ingerirlo, por lo cual murió, dejando una carta en la que pedía que la “cara demoníaca” se destruyera antes de su entierro, “por miedo a que continúe sus espantosos susurros en mi tumba”. Mordake fue enterrado, según su voluntad, en un vasto lugar, sin lápida ni leyenda que marcase su sepultura.
Ahora doña Fernanda charla con la nenita, le pregunta si va a jardín (más vale que sí; por algo ese delantal), si le gustan los caramelos (obvio que sí, o qué), y finalmente, cómo se llama.
Ustedes, pibes de barrio, le gritan cosas a doña Fernanda. ¡Lo mal que hacen! ¡Tom, a vos te digo!
La madre, que no cree que las centauras deban andar sueltas por la ciudad así como así, ocupando vereda y haciéndose notar, se inclina para hablarle a su hija con esa incomodidad respetuosa que aflora en instancias de educación infantil inesperadas: “Contestale a la señora”.
Nada. La nena no habla.
Doña Fernanda comenta algo, una noticia que salió en televisión, anzuelo con que pique la lengua charleta y con forma de pescado del quiosquero. Fssst fsst.
Son unos guachos, mirá que irle a joder la vida a la doña.
El quiosquero no dice nada y sigue pastando las planicies de su local, fsst fssst, y doña Fernanda saca una manzana remolona de su bolso de compras. No estaría bien que la mamá se subiera a doña Fernanda, y que salieran las dos rumbo a no sé dónde.
Cortenlá, loco. Barry, Tom: ¡cállense!
¡No estaría nada bien! ¿Abandonar a su hija, que padece sirenomelia y ciclopia? ¡Pero ¿qué va a decir el padre?!
¡Lo mal que hacen! ¡El día menos pensado te estampa una coz en la frente!
¡Giles!
VII. El diplodoco de mi vecina me come los claveles
—El ayer no importa ni mierdas —me dice la vecina mientras riega sus malvones—. Lo que pasó, pasó; y en el medio no hay nada.
—Buen día —le digo, y veo que a su espalda atraviesa el jardín el pequeño diplodoco de la discordia.
—Anda medio abombado —me dice, señalando al animal con un movimiento de caderas—. Parece que comió unos confites el otro día, cuando vinieron mis sobrinitos. Usted no se da una idea, son todos una maravilla. Incluso el más grande ya sabe contar hasta siete.
—¿El que cumplió veintitrés la semana pasada, ese que a la tardecita se daba la cabeza contra las paredes? ¿O el más alto, ese que me vomitó en el capó del coche y que casi me rompe el espejo retrovisor cuando volvía del trabajo?
—Sí —dice con orgullo, y acaricia la cabecita del dinosaurio—. Además, es muy bien educado: solamente come cuando le dan en la boca.
Miro en mi patio los claveles mordisqueados, los pétalos esparcidos en desorden a lo largo de un camino que conduce a una cucha en el jardín de mi vecina, y me embarga un complejo de sentires heteróclitos, una despareja combinación de ira, enojo, bronca, irritación, furia y ganas de descogotar a la bestezuela para venderla como filé de merluza en la feria el domingo.
—Sí, se nota que es muy educado —le digo—. ¿No pensó en llevarlo al colegio?
El diplodoco frota su nariz contra mis zapatos para demarcar su territorio. O para hacerse el simpático, no sé. Yo aguardo hasta que mi vecina se aleja para arrancar unos yuyos, y ahí nomás le encajo al reptil una patadita que le provoca un respingo.
—Lo llevamos el año pasado —dice mi vecina detrás de un matorral—. Pero no tuvo suerte.
El diplodoco estornuda varias veces y cae sentado. Nos miramos.
—No me diga —le contesto a la señora.
—Es que sus compañeros no lo integran al grupo, ¿me entiende? —dice ella, y se va a buscar algo, refunfuñando.
Estoy a punto de volver a mi casa, a mi tele, al partido de fútbol, a mi cervecita, a mis papas fritas, al sábado que atardece, pero el diplodoco me chista y me dice:
—Cristina Lemercier nunca te perdonará esto —y se va corriendo.
—Buen día —le digo, y veo que a su espalda atraviesa el jardín el pequeño diplodoco de la discordia.
—Anda medio abombado —me dice, señalando al animal con un movimiento de caderas—. Parece que comió unos confites el otro día, cuando vinieron mis sobrinitos. Usted no se da una idea, son todos una maravilla. Incluso el más grande ya sabe contar hasta siete.
—¿El que cumplió veintitrés la semana pasada, ese que a la tardecita se daba la cabeza contra las paredes? ¿O el más alto, ese que me vomitó en el capó del coche y que casi me rompe el espejo retrovisor cuando volvía del trabajo?
—Sí —dice con orgullo, y acaricia la cabecita del dinosaurio—. Además, es muy bien educado: solamente come cuando le dan en la boca.
Miro en mi patio los claveles mordisqueados, los pétalos esparcidos en desorden a lo largo de un camino que conduce a una cucha en el jardín de mi vecina, y me embarga un complejo de sentires heteróclitos, una despareja combinación de ira, enojo, bronca, irritación, furia y ganas de descogotar a la bestezuela para venderla como filé de merluza en la feria el domingo.
—Sí, se nota que es muy educado —le digo—. ¿No pensó en llevarlo al colegio?
El diplodoco frota su nariz contra mis zapatos para demarcar su territorio. O para hacerse el simpático, no sé. Yo aguardo hasta que mi vecina se aleja para arrancar unos yuyos, y ahí nomás le encajo al reptil una patadita que le provoca un respingo.
—Lo llevamos el año pasado —dice mi vecina detrás de un matorral—. Pero no tuvo suerte.
El diplodoco estornuda varias veces y cae sentado. Nos miramos.
—No me diga —le contesto a la señora.
—Es que sus compañeros no lo integran al grupo, ¿me entiende? —dice ella, y se va a buscar algo, refunfuñando.
Estoy a punto de volver a mi casa, a mi tele, al partido de fútbol, a mi cervecita, a mis papas fritas, al sábado que atardece, pero el diplodoco me chista y me dice:
—Cristina Lemercier nunca te perdonará esto —y se va corriendo.
VIII. (En una bolsa de basura)
la piel del día negro lo cubrey está cadáver
y hace podrido
(harto)
última revisión: 2 feb 09
