domingo 3 de abril de 2005

No sé qué

AARÓN MATEO

Georgia O'Keeffe, Cielo con nubes blancas y planas (1962)


Nota (2 mar 09). Al texto originalmente publicado
en abril de 2005 se le agregan las partes II y III.


I

Entra el alumno y dice:

—Quiero aprender tal y cual cosa.

—Primero, usted debe aprender a socavar las razones sobre las cuales se asienta el bienestar general. Sea sharpen.

—Pero yo quiero aprender tal cosa y cual cosa, nada más.

—Por eso le digo: agudice su frecuencia y marque los contornos troquelados de la mensajería instantánea, telefónica o informática. Sea smart blur. Sea individualista.

—Usted no me entiende.

—Sí que lo entiendo. Pero yo no puedo enseñarle tal cosa y cual cosa. Si usted dedica su vida a ellas, padecerá incontables angustias, comerá desechos, y mendigará en las esquinas de esta ciudad, oh Buenos Aires qué poético es hablar de Buenos Aires la 9 de Julio los colectivos el Obelisco las callecitas de San Telmo los McDonald´s las raves chill-out megatrancedanceparty pero mucha poesía oh. Y ese no-sé-qué tan tanguero.

—¿Y?

—Y nada más chat dvd blog electronica Miranda Babasónicos ADSL Sí No Inrockuptibles y mucha poesía y somos todos finos jóvenes artistas Irish pub Palermo Hollywood Saint Patrick´s Saint Valentine´s Halloween design multimedia meet-up.

El alumno deja la sala de recepción, y entra a la de profesores.

—Quiero aprender tal y cual cosa.

—Hay un ornitorrinco rondando las azoteas bañadas por el sol matutino, su motricidad fotopédica, su. Pero no le está permitido hablar de él. No sé de qué me habla. Salga de aquí.

—No sé nada del ornitorrinco, quiero aprender tal y cual cosa.

—Le dije que nada de comunismo ni populismo, maldito subversivo. El bicharraco ése se mete en nuestra biblioteca, y dibuja ofensas sobre los cuadros de los últimos cuarenta papas de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, por ejemplo: barbas y bigotes. Borrarlos, uf, es un trabajo. Un bigote, todo bien; pero ¿bigote y barba? Los educandos ven esas cosas y después me salen raritos. Como usted, que seguramente ha votado al Pato Donald.

—No he votado nada, no tengo la edad suficiente.

—Antidemocrático, castrista de cuarta. Váyase o llamo a la Santa Policía, o al Santo Ejército. ¡Orden, más que ninguna otra cosa! Repito: ¡Orden y Papafritas! ¡Patria, Hogar, Pantuflas y Castorcitos Amaestrados!

—Quiero aprender la suma de los asuntos, la gramática de las cuestiones, y la armonización proporcional de los menesteres idóneos.

—Ninguna de esas cosas puede invertebrarse en un plurisegundo sin desacartonar el meollo substancial de las recurrencias. Fuera. Aprenda a diseñarse.

Moraleja. Lo que Natura non da, Salamanca non presta. Hay que diferenciarse. Si tienes Natura a favor, tendrás Salamanca, y harás ostentación de ello. Tus preferencias serán los ladrillos con los que edificarás —diseñarás, digo— tu persona, para impresionar a los demás. Repeler a los diferentes y atraer a los parecidos. En ese carnaval, ¿qué se pretende? Se pretende Creamfields mp3 Puerto Madero rugby Punta del Este laptop Direct TV shopping. Si llegas a ese hermoso lugar, podrás ignorar a todos los que nunca gozarán de los favores de Natura ni de Salamanca. Y después ir a festejar con tus iguales, pero no a un corso —ahí me equivoqué, perdón—, sino a Retiro: vestido de verde, y a tomar cerveza.

II

El cliente entra y dice:

—Hola.

Le contestan:

—Hola, es un gusto recepcionarlo.

—Sí, sí. Quiero mi estrella.

—Se refiere, estimo, a su plato de lentejas almibaradas.

—No. Vengo a buscar mi estrella.

—Se refiere, estimo, a su momia egipcia rellena con garbanzos cromados.

—No. Quiero mi estrella. La quiero desde hace tres teraciclos galácticos. Eso es: desde siempre.

El cliente muestra un papelito.

—Ah, sí —le dicen—. Mire, vaya para allá. Rece ahí.

Va, y le dicen:

—No, no. Acá nos encargamos de las plegarias diametralmente opuestas por el vértice. Su temor, lamento informar, es paralelo a la vetustez, y reitera los conejos como si pensáramos en ruso. No sirve. No alcanza.

—Pero —dice el cliente, fastidiado—, ¿qué hago con las narices postizas? ¿Qué hago con el voluptuoso sentido de lo incorrecto que ocupa todo este edificio, con sus galerías y sus oficinas y sus estatuas sagradas y sus vegetales de plástico? ¿Qué hago con los atardeceres, las fichas de dominó, los malvones y las figuritas Grand Match?

—Pégueselos al talón. O áteselos al pelo. Pero recuerde no encimarlos con el espantoso ulular de las sirenas. Evite la mezcla. Evite a los morlocks y a los eloi. Evite, evite. Evite pasar por el confesionario 14 A.

El cliente entiende, y ya en la cola de confesionario 14 A, pregunta:

—Los silbidos del amor, ¿son peludos?

—Santo, santo, santo —contesta el tipo—. Santo es el Señor.

—El olvido de un paisaje verde y habitado por aves negras, ¿es del color de la sangre, y está derramado en cada palpitante sufriente corazón?

—Caracoles, lombrices y piojos adheridos al cuello, el vientre y los sobacos. Santo.

El cliente habla entonces con la estatua de Job crucificado. Con la mayor claridad posible, dice:

—Quiero mi estrella.

—¿Eh? —le contesta Job.

—¡Santo, santo, santo es el Señor!

—Tenemos canapés de merluza en tinta de 303. Tenemos cachorros de focas con garrapatas tecnotrónicas. Tenemos salmones grises entristecidos con salsa de motores en marcha militar. En una palabra: tenemos de todo. Pero nada de estrellas.

Moraleja. Si lloras de día, el sol no te dejará ver las estrellas. Si intentas mirarlas, verás en cambio el sol, que te encandilará, y llorarás, y no verás los soretes que adornan las veredas de tu ciudad. De ningún modo salgas a caminar de noche: no verás ni estrellas, ni soretes —ni las monedas que te robaría un teléfono público si quisieras usarlo y si las tuvieras, ni las que te pediría una anciana sentada en los escalones de la salida del subte si las tuvieras y si tú y ella estuvieran ahí y si el subte funcionara, ni el libro que leerías en el viaje si tuvieras ganas y si no estuviera en la mesa del comedor en tu casa leído por nadie—, ni nada. Y de día o de noche llorarás cuando regreses a tu casa, al oler tus zapatos.


III

El paciente entra pensando: “He sido alumno y cliente. Pero, como cliente, ¿no he sido más parecido a un alumno? Y como alumno, ¿no he sido más parecido a un cliente?”. Y entonces dice:

—Hace años que la muerte me ataca en todo segundo.

—Digamos que es como que de pronto si estás hablando es que estás vivo y si estás vivo entonces no hay por qué preocuparse tanto.

—No dije estar preocupado.

—El modo en que hablás dice lo contrario.

—El modo en que hablo no dice nada. En todo caso, usted se lo imagina.

—Bueno bueno. A ver, establezcamos un punto común de partida. Si hablaste y te recepcionaron y te dieron turno y viniste aquí es porque buscás algún tipo de asesoramiento digamos para resolver es decir alguna cuestión.

—Bien. Un punto de partida: digo lo que digo, cuando lo digo. Si no digo algo, entonces no lo busque en mi modo de hablar, ni en ningún otro modo de hacer ninguna otra cosa, ni en ningún otro hacer que no sea el hablar. Mucho menos, cuando ese modo o ese hacer se refieran a algo que no he dicho. Es decir: analice el modo en que dije no haber dicho estar preocupado, por ejemplo. Pero no el modo en que según usted he dicho estarlo, ya que no lo dije.

—Bueno. Nos vamos poniendo complicaditos, ¿eh? ¿Siempre tendés a complejizar tanto las cosas?

—¿Las cosas o la manera de decirlas?

—En tu caso, parecería que la manera de decirlas.

—¿Entonces por qué dijo lo contrario? Usted ha preguntado si siempre tiendo a complicar tanto las cosas. De eso surge que usted piensa que yo siempre complico las cosas. No la manera de decirlas.

—No. Bueno, lo que...

—Sí y sí. En su pregunta estaba implícita el supuesto de que yo siempre complico las cosas. Al menos, eso dijo.

—Seguís complejizando. Quise preguntarte si es que en tu vida corriente sos tan rebuscado como digamos he observado acá, recién.

—No fue eso lo que preguntó. Me parece que es usted quien debería fijarse qué dice. Acá, recién, he observado que ha formulado una pregunta erróneamente. A eso yo llamaría una complicación innecesaria. En su profesión, quizá, con el tiempo, ése sea un problema grave. ¿Por qué “complejizar” en vez de “complicar”?, ¿por qué “recepcionar” en vez de “recibir”? Además, yo empecé diciendo algo simple. Usted complicó todo al imaginar que estoy preocupado por algo.

—¿Algo simple? ¿Te parece simple lo que dijiste? ¿En serio?

—Sí.

—No estoy de acuerdo.

—Dígame por qué.

—Bueno, creo de que en mi profesión me he preparado para trabajar con las palabras y es como de que de repente de veras creeme de que no te miento y aparte mirá mis diplomas. Si yo sería vos, lo pienso dos veces.

—Ya vi los diplomas, muy lindos y decorativos. O sea que tengo que confiar en lo que usted me dice, sin saber las razones o las causas. ¿Tengo que tener fe?

—Te puedo contar las razones, pero no estamos acá para eso... Eso se estudia en la universidad y esto no es una universidad y vos no sos un alumno... ¿Estamos?

—Estamos acá, pero ¿para qué?

—Pues para... Atendeme una cosa che. Vinistes por propia voluntad, y tendrías que saber que si no aceptarías digamos un diálogo abierto, libre, sensato, lógico, y basado en la confianza de mis palabras y mi poder para interpretar las tuyas y en esta ciencia a la que he dedicado ya buena parte de mi vida entonces mejor no venís más Si vos tendrías interés en quedarte, entonces quiero poderte llegar a decirte que no vendrieses para si no te vallas ¿entendido?...

—Vine por recomendación de un amigo. Más allá de eso, entiendo que debo asimilar que usted tiene un poder y un saber que yo no. Dado que por el momento usted no puede explicarme las razones detrás de ese poder y ese saber, me resulta ridículo. Pero sigamos.

—ridiculo?

—Ridículísimo.

—te das cuenta de que de que de desde que entrastes digamos no hisistes más que criticar y negar de pronto mi funsion como profecional??????1

—No. De verdad, no. El problema es que usted critica lo que digo, y más todavía lo que no digo, pero si le pregunto en qué fundamenta su crítica, me doy contra una pared de misterio que no puedo atravesar. Es ridículo, ya dije, pero sigamos.

-- vueno...... sigamos... tb desis entonses q no ests precupado....... x q?..

—En ningún momento dije no estar preocupado.

-- en q kdamos???? no era q digistes q no estb preoc?

—¡No!

Psyche says: Y Q DIGISTES?1!’?

—¡Usted debería saberlo! ¿No toma notas?

Psyche says: LLO NOSE K T PROPONES CON

—Lo que usted dijo fue “No hay por qué preocuparse tanto”. Y yo contesté “No dije estar preocupado”. Si hubiera prestado atención, sabría que jamás dije “No estoy preocupado”. Pero dijo que el modo en que hablo “dice lo contrario”.

Psyche says: ESTOS PLNATEOS,,,laberda q no c k me estas disiendo

—Veamos su teoría. Cuando hablo A, el modo en que lo hago suma significados a lo dicho (A+A’); y de ahí el significado total S (S=A+A’) que usted analizará con esos poderes mágicos. Pero respóndame: ¿Acaso lo dicho en A’ no tiene a la vez un modo?; ¿no debería existir un A’’, o sea una característica especial en A’? Si existiera, entonces el significado total aumentaría (S=A+A’+A’’). Ese significado está oculto para mí pero no para usted. ¿No es cierto?

Psyche says: NOE TNIENDO NADAs!

—Además,

Psyche has left the conversation.

—Mi vida cae cuerpo abajo por la senda de mi cadáver.

Moraleja. En ciertos ámbitos, todo lo que digas o no digas podrá ser usado a favor de cualquier cosa (inclusive, de aquella cosa que dijeras o no), pero nada de lo que digas podrá jamás ser usado en contra de este precepto. Nada, ni siquiera la contradicción, impugnará los asertos de tu interlocutor. Nada, ni siquiera un razonamiento justificado, implantará dudas en él. Cualquiera puede conocer, pero sólo algunos practican. El que conoce sin practicar, no tiene poderes: un diploma vale más que mil libros. Mil libros podrán ser usados en contra de cualquier conocimiento, y nunca en contra de un diploma. En estos ámbitos, cuestionar equivale a negarse como sujeto de enunciación. Tu interlocutor será quizá un idiota. Te pedirá, desde el comienzo, que muestres tu alma entera: los malos recuerdos, las pesadillas, las lágrimas. Pero se escudará detrás de su Ciencia cada vez que lo cuestiones. No la critiques: en ese ámbito es imbatible y no tiene fisuras. Creer o reventar, esa es la cuestión. Reventar es más barato.

última revisión: 2 mar 09