viernes 4 de septiembre de 2009

Ornette Coleman en Argentina

7 de mayo de 2009, Teatro Gran Rex, Buenos Aires
JUAN IGNACIO SANTIAGO FERNÁNDEZ VILLALB
A


Ornette Coleman, modelo 2009



Y yo que creía haber leído muchas pavadas. Suficientes pavadas.

Y yo que creía que la cantidad y la calidad de pavadas por leer eran menores a las ya leídas. El paso del tiempo debería darle a uno esos beneficios. Pero no.

Miren por ejemplo esta nota incalificablemente estúpida publicada en una muy famosa revista-de-rock sobre el recital de Ornette Coleman en el Teatro Gran Rex de Buenos Aires el 7 de mayo pasado. Incalificablemente estúpida, repito: no alcanzaría una fila infinita de adjetivos de la lengua castellana para dar una idea aproximada de lo estúpida que es. No logro imaginar qué cuernos hace una pseudo-vedette como la ex esposa del futbolista Diego Simeone en un recital de jazz, mucho menos si toca el viejo Ornette, pero eso es asunto de ella: tiene libertad para hacerlo, si se le da la gana. Me saca de quicio, sin embargo, el no entender por qué cuernos un periodista supuestamente especializado en música, que escribe en una revista (supuestamente) especializada en música, menciona a esta mujer, y a otros personajes ricos y famosos, como si la noticia estuviese ahí (“la farándula va a un recital de jazz”) y no en el recital propiamente dicho.

A esta altura de mi vida, como les estaba diciendo, yo esperaba ver que la estupidez, o que ciertas estupideces, fueran disminuyendo. Pero no.

Porque entro poco después a un blog que se llama Estudio de noche, y me encuentro con una reseña de otra de las presentaciones de Ornette Coleman en Argentina. Se trata del concierto que dio La Plata, si entendí bien.

Dice Gustavo Fernández Walker:
... Y lo de Denardo Coleman fue, de principio a fin, demoledor. Fue el segundo Coleman más aplaudido de la noche.

Esto fácilmente puede ser pasado por alto, pero conviene tener en cuenta un par de cosas.

Sepamos que Denardo Coleman es el baterista que arruinó, con cada uno de los sonidos que provocó en superficies resonantes de plástico y de metal, ese genial disco que fue Song X (de 1986). Recordemos, volvamos a escuchar: Pat Metheny en guitarra, Charlie Haden en bajo, Jack DeJohnette en batería, y Ornette en saxo. Escuchemos el disco: estos cuatro tipos tocan siempre para un mismo lado, al mismo tiempo atentos y precisos y desaforados, pero libres en la música (y liberados por la música), pero el pobre (y entonces joven) Denardo y su batería electrónica se las ingenian para embarrar perversamente la cancha: casi como un principiante, casi como un principiante desbocado e inconsciente de sus propias limitaciones, un principiante que no conociese las ventajas de la vergüenza. ¿Casi como un principiante?

Fernández Walker no dice que Denardo tocó bien en el recital de Coleman y compañía. Dice “demoledor”, término que yo estaría dispuesto a usar si por demoledor entendiésemos “demoledor de todo otro suceso musical cercano en tiempo y espacio”. Quiero decir: destructor de toda felicidad en la combinación de sonidos propalados por Ornette y sus dos bajistas (porque vino con dos bajistas). Demoledor, destructor, arruinador: una bosta, vamos. ¿Estamos de acuerdo, Gustavo?
... Y lo de Denardo Coleman fue, de principio a fin, demoledor. Fue el segundo Coleman más aplaudido de la noche.
 Fernández Walker no dice haber aplaudido a Denardo. Solamente afirma que Denardo fue “el segundo Coleman más aplaudido de la noche”. No queda claro si Fernández Walker cree que hubo otros familiares de Ornette en ese evento, o si (sencillamente) indica que a Denardo lo aplaudieron menos que a su padre. Yo supongo, por mi parte, que a Fernández Walker le encantó lo que hizo Denardo Coleman en la batería.

Pero entendámonos: Denardo Coleman en Song X era un baterista principiante haciendo macanas imperdonables en un discazo que con apenas dos décadas de vida ya es histórico. (Y no me importaría que fuese histórico para los críticos musicales “especializados” si no fuese histórico para mí mismo: y resulta que para mí es un disco genial, e inolvidable porque me marcó profundamente. Me hizo entender que había otra música posible a una edad en que la música empezaba a gustarme de otra manera. Otra música, otra manera de percibirla. Y otro modo de vivir, a la larga).

Entendámonos: el 7 de mayo Denardo Coleman tocó mal porque sigue siendo un pésimo baterista. Sigue siendo, como lo comprobé en el Teatro Gran Rex, un principiante. ¿Me creerían si les jurase por Dios y la Virgen que pocas veces vi un baterista tan deficiente? Incluso recordando a los peores bateristas que vi y escuché en mi vida, Denardo queda bastante mal parado. Recuerdo recitales de bandas de punk a mediados de los ‘90 en un boliche del noroeste del Gran Buenos Aires que se llamaba Moonlighting (y que quedaba en una calle muy conocida de estas zonas): esos bateristas de punk tocaban con mejor onda que Denardo. Tocaban con desprolijidad un estilo que debe tocarse con desprolijidad. (Aparte, ¡esas bandas sí que tocaban punk!: sus integrantes eran marginales en serio, no adinerados disfrazándose de rebeldes. Todo el punk que vi después me pareció falso de toda falsedad, y hasta me atrevería a decir que el único punk argentino auténtico se toca hoy en ciudades como Grand Bourg y José C. Paz, y que lo se suena en otros lados es una impostura). (Si es que por un momento nos olvidamos de que el punk fue un invento comercial).

Por todo lo dicho, no me queda sino razonar que o bien Fernández Walker ignora absolutamente todo cuanto puede saberse acerca de batería en el jazz (si es que no ignora más cosas), o bien es un gran bromista:
... Y lo de Denardo Coleman fue, de principio a fin, demoledor. Fue el segundo Coleman más aplaudido de la noche.
 Denardo tocó con horrible groove, horrible sonido y horrible técnica en una banda de jazz que (gracias a él) nunca llegó a sonar bien en Buenos Aires, un maldito 7 de mayo de 2009.

Excepto cuando Denardo no tocó.
última revisión: 03 sep 09

domingo 9 de agosto de 2009

Lem, Dick: Correspondencias

JENOFONTE WURZELTOD-TANG

Virginie Borsani, Relais rouge (2005)

Julio Cortázar dijo en una entrevista que creía que Edgar Allan Poe y Charles Baudelaire fueron una misma persona [1]. Y Borges se preguntaba en “Nueva refutación del tiempo” [2] si aquel que lee a Shakespeare no es literalmente Shakespeare. Dos insensateces.
Reflexiones que hacen menos original mi imprudencia de opinar (en similar tono de insensatez) que Stanislaw Lem y Philip K. Dick fueron, en cierta ocasión (en ciertos textos), la misma persona.

1. Escepticismo
Lem y Dick han creado situaciones ficcionales afines:
A causa de haber sufrido una serie agotadora de engaños sensoriales o mentales, un personaje llega a un estado de incredulidad acerca de toda percepción y de todo pensamiento. Habiendo experimentado incontables ilusiones (y desilusiones), ya no puede confiar en su juicio ni en sus percepciones, y arriba a un estado de máxima desconfianza, a una especie de paradójica locura, que le impide tomar en serio a la realidad. Ve la realidad, pero cree estar alucinando. Cree estar enfermo de la mente, pero está sano.
Curiosamente, mientras el personaje era presa de confusión y alucinaciones, confiaba (erróneamente) en su capacidad de discernimiento. Y luego, cuando entra en contacto con la realidad, piensa (erróneamente) que está fuera de ella: se cree incapaz de toda sensatez y de toda claridad; se cree incapaz de cordura. Es decir que cuando creía estar en cordura, estaba en locura; y ahora que está en cordura, cree estar en locura.
Acérrimo escepticismo, veneno para la mente.

2. Introspección
En el cuento de Dick “Quisiera llegar pronto” (1980) [3] el personaje es Víctor Kemmings. En la novela de Lem Congreso de futurología (1971) [4], el personaje es Ijon Tichy. Los dos sufren primero una locura típica (una desconexión de la realidad) y más tarde una locura paradójica (una falsa percepción de desconexión de la realidad). La locura común de Kemmings nace de una agobiante iteración de recuerdos provocada por una entidad externa; la de Tichy, de la intoxicación con alucinógenos.
El desequilibrio mental de aquel que sufre la locura paradójica no es resultado del exceso de ilusiones ni de la fe ciega en ellas (como suele ser en la locura típica), sino de la convicción de que todo lo percibido es, precisamente, un producto de su imaginación. “Si tantas veces aquello que parecía real ha revelado ser una pura ilusión, un engaño de los sentidos y de la mente, ¿por qué ha de ser real lo que estoy percibiendo ahora?”, podrían pensar ambos personajes. Enemiga de la ilusión y del delirio sensoriales, la locura paradójica consiste en mantener la creencia de que lo que aparece como realidad es una compleja y muy convincente alucinación. (Ese estado de desequilibrio es pasajero para Tichy, mientras que Kemmings jamás se recupera). [5]
Si el recuerdo (en Kemmings) y la alucinación (en Tichy) son procesos introspectivos (pues suceden dentro de la mente, pese ser respuestas a estímulos externos), se puede decir:
Desmesura en introspección, veneno para la mente.

3. Repetición
Una resonancia del tema, otra posible correspondencia, aparece en la novela Solaris de Lem [6]. En ella, las creaciones F, entidades misteriosas que atormentan a los habitantes de la estación, son dolorosos contenidos de la psique transportados al mundo material. El fantasma que acosa a Kris Kelvin (personaje principal y narrador), es una copia casi idéntica de una mujer llamada Harey con la que él mantuvo una relación años antes. Si, como se teoriza en la novela, estas entidades son “quistes psíquicos” copiados de mentes humanas sometidas a una “disección” [7], quizá los residentes en la Estación Solaris hubieran comprendido a Kemmings, quien en otro planeta (en otro relato) dice:
Pasé más tiempo en mi propio inconsciente que ningún otro ser humano en la historia. Fue peor que el psicoanálisis de principios del siglo XX. Y el mismo material una y otra vez. [8]
Kelvin y Kemmings sufren idénticamente: son llevados una y otra vez a pasados que no pueden soportar. Harey (para Kelvin) y los mundos virtuales (para Kemmings) son pesadillas recurrentes, infernales ciclos de repetición. En Solaris el pasado visita el presente encarnado en un personaje femenino; en “Quisiera llegar pronto” el protagonista realiza viajes a su memoria. La confesión de los pecados ante un sacerdote, el negocio de palabras y símbolos con un psicólogo, son procedimientos espirituales que abrevan en la histórica costumbre de repasar culpas para limpiarlas, y de aligerar la cruz compartiendo con otro los jeroglíficos del sufrimiento. Y darse al recuerdo y a la revisión del recuerdo suele aconsejarse como eficaz búsqueda de antídotos contra los defectos de la personalidad, a los cuales muchas veces (sobre todo en la tradición judeocristiana) se señala como causantes del dolor propio. Pero revivir el pasado incesantemente, repitiendo actos o rememorando sucesos infortunados, sin enfrentar el futuro ni transitar el presente, es encerrarse en un infierno temporal: una prisión de momentos. “Y el mismo material una y otra vez”, se quejaba Kemmings.
Repetición del pasado, veneno para la mente.

4. Literatura y evasión
En “Los mitos del mundo moderno” Mircea Eliade dice que la lectura de literatura es una de las “principales vías de evasión” del hombre moderno [9]. La lectura proporciona según este autor una “modificación de la experiencia temporal” y obtiene “una ruptura de la duración y al mismo tiempo una salida del tiempo”. Constituye, en el fondo, un intento por escapar del presente, y “permite la ilusión de un dominio del tiempo en el que tenemos derecho a sospechar un secreto deseo de sustracción al devenir implacable que lleva a la muerte”. Todo ello es resabio del “comportamiento mítico” en el hombre moderno.
En Congreso de futurología hay párrafos enteros en los que lector y personaje pierden la noción del tiempo en el relato (en el mundo ficticio del relato). Cuando Tichy no sabe en qué época vive, ni quién es, ni dónde está, tampoco lo sabe el lector. Los rastros de la veta mítica en la literatura están a la vista: Tichy es un personaje que cumpliría el ancestral deseo humano de escapar del tiempo y de desconocer la primacía de la muerte.
Por otro lado, las historias de Kemmings y de Kelvin (dos angustiados, dos inadaptados al cambio) son travesías en mares de incertidumbre temporal: desafortunadamente para ellos, un recuerdo muy vívido (de algo que existió) y una alucinación (de algo que no existe) pueden fundirse en una y la misma percepción. (La fusión se produce simbólicamente en la psique de Kemmings; y materialmente en el planeta Solaris, donde son posibles fenómenos que en la Tierra no). [10]
Alguien podría argüir que en vez de situarse en el linaje de lo mítico, “Quisiera llegar pronto” y Solaris lo contradicen, pues impiden la evasión a la que se refiere Eliade. Y que, como pesadillas (que son sueños que interrumpen el sueño), estas ficciones no hacen nada en favor de distraer a la conciencia del “devenir implacable”. Kemmings y Kelvin sufren culpas no elaboradas, respectivamente en la forma de sueños y alucinaciones (o materializaciones de recuerdos) que no alivian ninguna inquietud en el lector. La evasión fallaría, entonces, porque el temor a la muerte y al dolor le da la bienvenida al lector ni bien ha abierto la puerta de escape: en el texto. “La puerta de salida lleva adentro”, para citar palabras de Dick [11]. Y alguien podría argüir que, además de hacer poco por ayudar al lector a evadirse de su realidad, estas ficciones lo asustan con ella, lo ahogan con ella. Y que no lo distraen de la muerte sino que en ella se concentran.
Bien podría hacerse una síntesis que conjugase la necesidad de evasión con una restricción que la supera en poder. Congreso de futurología, bien leído, tampoco es unidimensional: el libro tiene mucho humor y un final “feliz” [12], pero de a ratos es muy pesadillesco. ¿Los escritores inventan historias porque no soportan la vida? Lo malo es que en sus historias vuelven a encontrar esas cosas que no soportan, esos fantasmas de los que huyen. ¿Los aficionados a la literatura leen historias porque no soportan la vida? Bien, pero ¿qué otra cosa sino reflejos deformados de la vida encontrarán en los libros?
Ninguna evasión literaria o artística puede escapar a una restricción de mayor jerarquía: la condición humana limitada por la muerte.
Una posible síntesis, entonces: La evasión en la literatura es un deseo irrealizable.

5. Ciclos infernales
Mencioné tres principios que, convertidos en acción y practicados en exceso, pueden resultar venenosos para la mente: el escepticismo, la introspección, la repetición. Demasiado escepticismo y demasiada introspección llevan a una desconfianza del exterior, luego al aislamiento, y finalmente al solipsismo. De una mente viciada de solipsismo no emerge más que la repetición de los recuerdos del sujeto (puesto que en el mundo nada existe, puesto que en el presente no hay objeto alguno), o bien una elaboración de dichos recuerdos (la imaginación, o sea).
Y la repetición es al tiempo lo que una cárcel es al espacio.
En “Quisiera llegar pronto” y en Solaris los infernales ciclos de repetición son cárceles para Kemmings y Kelvin. Ellos desean que los ciclos se interrumpan, y el lector, por su parte, es movido por la necesidad de averiguar si dichos deseos se cumplirán. (La lectura no es otra cosa que la ejecución de esa inquietud. Podríamos aventurar, quizá, que en todo texto literario se entabla una dialéctica de cruce de deseos —concordantes, contrarios, divergentes, independientes— entre lectores y personajes). Los lectores experimentamos esos ciclos infernales (las narraciones) con el ansia de que cada uno sea diferente a los anterires. Y así es, pues cada lectura es un pasar por un mismo lugar (el libro) que sin embargo cambia, pues en el mismo acto de leerlo ya hemos sido modificados (con lo cual la segunda lectura no será igual a la primera). Toda narración es, entonces, un ciclo que puede repetirse: inclusión de un tiempo (el del mundo del relato) en otro (el del mundo real).
Estos flujos temporales se presentan obedeciendo a jerarquías precisas. Los ciclos pequeños están incluidos dentro de otros, más grandes. Los ciclos pequeños son las creaciones F (para Kelvin), las alucinaciones (para Tichy), y los mundos virtuales (para Kemmings); y los ciclos grandes son las narraciones (Solaris, Congreso de futurología y “Quisiera llegar pronto”). Ambas clases de ciclos están a su vez insertas en un proceso irrepetible, mucho más grande. (Todos los flujos temporales obedecen a una jerarquia máxima, que es la muerte).
El proceso irrepetible es mi vida.
¿Es irrepetible?
Quiero suponer que mi vida no es un ciclo de repetición, quiero creer que no es un relato. ¿Puedo confiar en este supuesto, en esa percepción acerca de mi vida?

6. El mito dentro del mito
Me gustaría pensar que los ciclos pequeños son para Tichy, Kelvin y Kemmings lo que sus historias son para los lectores. (¿Qué son estos ciclos pequeños sino experiencias de salidas del tiempo? Kelvin y Kemmings vuelven al pasado; Tichy viaja imaginariamente al futuro). Los personajes, podría pensarse, establecen con sus fantasmas (con sus traumas, diría un psicoanalista) unas relaciones similares a las que el lector establece con las tres narraciones. Leerlas sería como dar dos saltos fuera del tiempo profano, algo así como revivir el “Gran Tiempo” del que habla Eliade por partida doble: una experiencia del mito dentro de otra.
Pero me parece que en el caso de “Quisiera llegar pronto”y de Solaris, los lectores somos devueltos a aquello de lo cual la lectura (según Eliade) nos quiere alejar: al momento presente, a la conciencia de que el tiempo fluye sin nuestro consentimiento. Y también, a la insatisfacción del deseo de sustraerse del tiempo y de su “devenir implacable”. Si la evasión literaria perfecta no existe, es un hecho bastante notable en estas ficciones. Dominamos, es cierto, el “tiempo concentrado” y “quebrado” de un relato en el acto de su lectura (o de su interrupción); pero está fuera de nuestra voluntad el salvar a Kemmings y a Kelvin de sus penas. La imposibilidad de la evasión literaria en el lector se refuerza por otra: la incapacidad de los personajes para modificar su pasado.
Si alguna vez hemos sentido temor al “devenir implacable”, lo reviviremos en estos relatos. Mientras los estemos leyendo.
Lectura, antídoto inútil contra la muerte.

7. La imposibilidad de la evasión
Si creo que mi vida no es un ciclo de repetición, ni un relato, ¿puedo confiar en esa sensación? En realidad, si se trata de una ilusión, no hay modo de saberlo; al menos, mientras uno esté en la vida.
Es mejor confiar. De lo contrario, si uno no conoce medias tintas, el riesgo es participar de la identidad de Tichy y Kemmings, y asociarse con ellos en la mayor magnitud del escepticismo, la incredulidad acerca de todo lo que existe.

8. Posdata tampoco sensata
Otra explicación, imprudente y poco sensata, para las locuras de estos personajes: Kemmings y Tichy eran una misma persona.
Pero no estaría bien afirmar que Dick y Lem eran una misma persona. Porque hacerlo sería como convertir a este texto en un cuento fantástico o de ciencia ficción.
(Todo lo precedente a esta nota sería una acumulación de datos y reflexiones dispuestas de un modo persuasivo sólo para darle al relato esa intención de verdad que tienen los ensayos).

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1. Ernesto González Bermejo, Conversaciones con Cortázar, EDHASA, 1978. (Citado en: Revista La Maga, Edición Especial: “Homenaje a Cortázar”, Bs. As., 1 de noviembre de 1994, p. 5).
2. Jorge Luis Borges, Otras inquisiciones, Bs. As., Sur, 1952.
3. “Quisiera llegar pronto”, en: Philip K. Dick, La mente alien, Bs. As., Colihue, 2001.
4. Stanislaw Lem, Congreso de futurología, Barcelona, Bruguera, 1981.
5. Ver: La mente alien, p. 273; Congreso de futurología, p. 84.
6. Stanislaw Lem, Solaris, Barcelona, Minotauro, 1988.
7. Solaris, pp. 83, 97.
8. La mente alien, p. 270.
9. Citas tomadas de una copia impresa de dicho texto, sin datos editoriales.
10. Queda descartada acá la cuestión de si lo que Kelvin relata (desde las últimas páginas del capítulo cuarto hasta la página 201) es real o es una alucinación. Al final del capítulo cuarto Kelvin realiza un experimento muy dudoso para averiguar si está loco, y llega a la (dudosa) conclusión de que no lo está.
11. “La puerta de salida lleva adentro” es título de un cuento de Dick incluido en La mente alien.
12. Congreso de futurología, p. 192
última revisión: 09 08 09

domingo 8 de marzo de 2009

Qoerqiowe (versión en galego)

EARL THOMPSON

Marta Toledo, ilustración publicada en diario
Perfil (23 dic 2007)

Traducción: Emma Núñez Pérez

No planeta Qoerqiowe hai seres dunha estrañeza inverosímil. Dise —quizais pareza absurdo— que para cada un deles hai un só corpo e unha soa mente. Ósea que a cada mente correspóndelle un corpo, e viceversa. Tamén, que son capaces de deslizarse no espazo pero non no tempo. Iso quere dicir —semella un disparate— que por propia vontade (unha vontade pertencente a un só ser) poden mudar a súa situación espacial con respecto ós outros obxectos e seres. Tal pasmosa habilidade era antano refutada por físicos e matemáticos, pese a inapelables declaracións de testemuñas cualificadas. Máis incomprensible inda é que —segundo crónicas de viaxeiros— estes seres xamais elixen o intre no que están. Obrigados a aceptalo, non poden moverse cara outro, por máis que o desexen. Enténdase: non significa isto que carezan dunha capacidade plausible de ser desenrolada con instrución e práctica, se non que por mera imposibilidade da física de Qoerqiowe vense impelidos a existir só nun dos puntos sucesivos da recta do tempo. Non se trata dun defecto moral, non; non debe achacarse tal estreiteza á desidia nin á maldade. Debe apuntarse, ademais, que a súa prodixiosa liberdade espacial contraponse unha miserable percepción do tempo: apenas unha fracción do que aquí chamamos momento. Alá, un momento é infinitamente pequeno. Noutras verbas: o seu presente ocupa exactamente nada. Non hai verbas con que aclarar semexante contradición ó sentido común. Un avezado lector preguntaría: Non é contraditorio o seguinte razoamento?:

Chámase momento presente ó segmento actual na recta do tempo

Se existe o tempo, entón existe o momento presente

En Qoerqiowe existe o tempo

En Qoerqiowe existe o momento presente

Un segmento de tempo existe só se ten lonxitude maior a cero

En Qoerqiowe o momento presente ten unha lonxitude igual a cero

En Qoerqiowe non existe o momento presente

Co que queda demostrado que non saberíamos que contestar. Baste dicir que estes seres existen rodeados de sendas mares inmensos de pasado e futuro, a costas dun filoso quark ó que chaman presente. Non remata aquí a lista de absurdos. Acerca da psicoloxía destes seres publicáronse varios tratados nos últimos séculos; as sorpresas daqueles primeiros lectores atoparán ecos nas de quen teñan ante si esta páxina. Só un par de curiosidades: a diferenza dos animais do mundo que coñecemos, os que habitan en Qoerqiowe teñen a mente dentro e o corpo afora. Unha rama recente da psicoloxía que se apoia na lóxica simbólica, a teoría de conxuntos, a xeometría de n dimensións, a bioloxía, e conceptos tomados do que se fai chamar matemática especulativa logrou establecer nun plano enteiramente abstracto a existencia de monstros semellantes ós daquel lonxano planeta. Este descubrimento deixou atónita a grande parte da comunidade científica, que ata non hai moito consideraba coma disparatadas as descricións —agora donas dunha probabilidade apuntalada na firmeza da lóxica— dos ousados aventureiros que, convén dicilo, tal vez non houberan merecido ó seu retorno tanta incredulidade, nin insultos, cuspes, azoutes, decapitacións ni gnorjlebskue. (Esta última,unha práctica desalmada, se as hai). Ó parecer, é continxente a configuración dun exoesqueleto emocional e un interior material. Vale dicir, é posible a existencia (baixo outras leis físicas que comezamos a vislumbrar) de animais que teñan a súa parte tanxible recubrindo a súa parte intanxible, seres con emocións e nocións dentro dunha sorte de caparazón material.

última revisión: 27 mar 09

lunes 26 de enero de 2009

Ulinmardgneztsaaar (Cruzado)

MIRKO CLAWSEWICZ

Paul Klee, Jardines del sur (1936)

Señores, he aquí al Ulinmardgneztsaaar (Lgonmu). No hay problema, no pica.

Este ser es una mixtura de todo lo que el sentido común de la raza humana no logra comprender. Es decir, es una rareza. (Es decir, es lo menos redundante: no hay espejo de palabras que lo refleje con fidelidad). Pero no una rareza cualunque, no. Es el plancton más extravagante del que se tenga conocimiento. Es un cactus fornido y carnoso, aunque tiene la delicadeza arenosa del mármol. Es un bebé secuoya, un alga del aire. El clásico miedo que causa tigres.

Sus cuatro vértebras dan sostén a un cavidad central en la que habitan centenares de pájaros, ocho pulpos y un par de arañas. Además, hay quienes aseguran haber visto adentro palmeras, helechos y escarabajos. Todo esto se halla en el abdomen del Ulinmardgneztsaaar (Lgonmu), que en sí mismo es un ecosistema particularísimo por lo que tiene de distinto a lo parecido que es cada ente del exterior (es decir al resto del mundo). Algunos creen que además de abdomen y columna vertebral, este ser tiene también nariz (y hay quienes suponen que no es una nariz sino un cenicero).

¿Anfibio? ¿Monotrema? ¿Reptil con características de mamífero? ¿Mamífero con características de piedra? ¿Ovíparo? ¿Carnívoro? ¿Erizo? ¿Pez? ¿Tijera? ¿Gallina troquelada? ¿Origami desmembrado? ¿Nematelminto crocante? ¿Periodista de rock?

Sí, todo eso. Todo eso es el Ulinmardgneztsaaar (Lgonmu).

Está compartimentado en seis módulos diferenciados, pero integrados:

Módulo 1. Vegetal carnívoro, ateo. Subdividido en cinco regiones: celeste, verde, azul, naranja, y otra vez celeste.

Módulo 2. Denominado “abdomen” por la plebe, es ciertamente un pez cartilaginoso de sangre caliente. Tiene pelos, pezuñas y gran cornamenta; se comunica con otros módulos con un lenguaje de señas cromáticas que emite con una lámpara que lleva en el cuello. Se alimenta de zapatos. Cuando tose, se le escapan pulpos por la boca.

Módulo 3. Humanoide de lata, de 7 milímetros de alto, que en invierno vive en la segunda vértebra del Módulo 5C, y en las otras épocas del año en las hojas del Módulo 1. Irascible, taciturno, tiende a caer presa de los habitantes del Módulo 6, quienes lo sueltan apenas comprueban que no tiene orificios.

Módulo 4. Fungiforme. Cetáceo pequeño del tamaño de la oreja de un avestruz gigantesco (grande como un cetáceo pequeño, del tamaño de la oreja de un avestruz gigantesco —grande como un cetáceo pequeño—). Con plena convicción de lo acertado de las ideas de Jorge Bucay, se trenza en interminables* discusiones con el Módulo 1, que llegan siempre a buen término** luego de que ambos recuerdan sus coincidencias sobre religión. Partidario de una política económica de neto corte keynesiano. Se opone a la televisación de las series SWAT, Diff´rent Strokes, Family Ties y The Little House in the Prairie. Su fuente de energía son los golpes de karate que recibe y guarda en un bolsillo de su camisa.

Módulo 5. Está formado por tres componentes:

A. Dragón de Komodo, filósofo. Vive en órbita alrededor de un huracán. Apto para la organización y conducción de protocolos ceremoniales. Tiene el poder de dictaminar uniones matrimoniales, pero ignora la existencia del número 528. Juega bien al truco.

B. No es nada en especial. Es un espacio reservado de memoria —de 8 kb, identificado con el caracter “B”—, creado para posibles usos futuros.

C. Es la columna vertebral. Centro místico del Módulo 5 y del Ulinmardgneztsaaar (Lgonmu) entero. Administra algunos sectores del Módulo 1. Rara vez (sólo cuando descansa) deja de azotar al Módulo 4 con golpes de karate. Se subdivide en:

Vértebra 1. Acostumbrada a escamotear verdades y promocionar mentiras.

Vértebra 2. Radiante como el sol.

Vértebra 3. Idem, pero de forma piramidal.

Vértebra 4. Tiene tatuada una imagen de Jesucristo.

Módulo 6. Una cantidad indeterminada de enanos ciegos y paralíticos unidos entre sí por sus dedos meñiques. Se desplazan en avión y viven —como mucho— 130 años. Nacen en el hígado del Módulo 2, y al llegar al Módulo 5A se aparean con una única hembra de su especie, a la que llaman (mediante la única palabra que pronuncian en su vida): “Sledztwo”, que significa “zapato” (y que es un zapato, al igual que cada enano). Dicho eso, mueren y se transforman en peldaños de una escalera que lleva hacia una de las —teóricas— fosas nasales del Ulinmardgneztsaaar (Lgonmu). A lo largo de ella emigran hacia el exterior los pichones de águilas de ojos como dagas.

Estas aves, que rondan las cercanías del Ulinmardgneztsaaar (Lgonmu), viven de la carroña (pulpos en estado de descomposición), hasta que desarrollan plumaje, momento en que libran una feroz batalla luego de la cual sobrevive sólo una: ella es el excremento del Ulinmardgneztsaaar (Lgonmu). Las alas de estas águilas de ojos como dagas son consideradas un manjar en los Territorios del Norte.

Bueno, ahora pasemos a la sección “Embriones disecados”. Sí, cómo no, allí al lado del carrito de los chori.
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*. En el sentido de que siempre están comenzando.
**. En el sentido de que siempre comienzan mal.
 
última revisión: 28 ene 09

lunes 29 de diciembre de 2008

Seres mitológicos de la pampa argentina en el siglo XXI

SRI MASHTRA NALAKRIYAN

Johann Heinrich Füssli: The Nightmare (1781, detalle)

I

El doctor Carlos Carranza tiene la cabeza cortada al ras, sus sesos al aire y una mandíbula que no mastica pero se mueve. Cuando lo vi, hace dos años, en la reunión anual de la Sociedad Argentina de Escritores, una enfermera lo asistía. Su familia, dos hijos y su esposa, iban en un balde que una mucama trasladaba de un lugar a otro.

—Sun literatón, ond presto mrumbr snicntnis —decía Carranza. La enfermera le pasaba un trapito con el que quitaba la sangre y los pedacitos de materia gris que se acumulaban en los bordes de su cráneo. No tenía ojos, pero oía bastante bien.

—Scienden melínfulos pero gansan pterando cualques décronos —acordaba alguien.

—Quelque scriba pra resoplar sun créspido. —Carranza balanceaba su lengua para relamerse un resto mal cortado del cartílago de su nariz, y largaba flemas y cosas así—: Encambio, ¡jazzottadas as migranhas, solumbran escofielúdas e abercrômbias!

—Exáctomo —decía otra persona—. En se añijan, ondra hulen, pronstiran nicre ond estumo. Ulti afogar occilanda.

Cuando ya no tenía nada que decir, la enfermera tapaba su cabeza achatada con una bandeja de acero, y el escritor cantaba. Su familia chapoteaba en el balde.

II

La señora Ramírez, de profesión enfermera, hace unos ravioles muy ricos.

Todos los mediodías sale al campo a cazar avestruces con las boleadoras que heredó de su primo muerto hace tiempo. No tienen nada que cualquier persona excepto la señora Retamar no haya visto en otras boleadoras; y está bien, porque lo que las destaca son los recuerdos que guarda de aquellas, y no en su mente. Ahí quería llegar: cuando cumplió doce horas de muerto su primo Marcelino dio a luz un avestruz, porque —no sean tarados— le gustó la rima. Era mediodía o había nubes, ya dije. El animal iba corriendo a lo loco por la planicie, y en un susto metió la cabeza bajo tierra y lo vio tendido en el ataúd. Esto sucedió en dos ocasiones, con las que el hombre fabricó las boleadoras. Si no me creen, allá ustedes. La señora Rimoldi tiene muy buena memoria, no en su mente —esto también lo dije; no me aburran— sino en las cabezas cortadas de sus presas.

Lo de los ravioles lo cuento después porque la señora Rita Rodríguez ahora me va a dar unas sorpresas, platos preparados con algo que ha atrapado recientemente... Y después trajeron el rosario de las pezuñas del Diablo.

Váyanse a cagar.

III

Famoso crítico cultural vernáculo habríase alabado a sí mismo con énfasis tal que dos patovicas morrudas que pasaban por su fijación con los filósofos franceses le acaramelaron el trompo con hiedras venenosas.

—No me estaba alabando, me estaba lavando —dice el culto profantrofesor.

Eso enoja mucho más a las patovicas, vacuas cabales en términos de ortografía.

—En términos de ventriculometría auricular, tevamua rompelo janteojo —dicen ellas, en un malabar de sabihondez muy a la moda (pero sarcásticas). Y se hunde Yolando Yáñez en su propia labia:

—¿Dónde está el sarcasmo? No en el trompo. No en mi pasión európea, no en mi desdén argentíneo hacia lo vulgado, lo villeño, lo groncho. Y después me voy a mear de la opulencia a un museo con instalaciones bien conchetas, y música electrónica de fondo. Ay, ¡qué lindo!

Yáñez, cómo le dicen al crítico, y cómo le van a decir si así se llama, pliega las tautografías y los contrascentos, y respira hondo, refinado, evanescente, exquisito, diáfano, y otras linduras que le encanta usar en sus escritos ñudos, brales y sudos, máquina literaria, canon literario, sistema literario, y pone un prendedor de puán en su remera.

—Tevamua reventá —dicen ellas, rondas en un surto hilário, ergásticas, y sacan a relucir un roedor.

—Mi estatus de buengusto intachable —dice él, mártir, y se entrega.

¡Roedor, no desgastes tu paz! ¡Roedor, aclimátate a las pampas! ¡Y el mar!

IV

Héctor Hermida anda por las calles atravesado de fierros escabrosos, llama la atención y no le dan ni la hora, pide gancho y no le llevan el apunte. Pero cuando la hora áurea cuaja en su proporción hormonal maravilhúda, con hirsutos y maravís, lo enganchan y lo atienden como a un rábano, como a un rotor, como a una precisión. Y así su corazón empalma, colgado de su espalda, con la estación espacial MIR o alguna cosa parecida, y los presidentes del orbe, marinitos y copetones en automóviles moloko vellocet, se acicalan y repiquetean los flejes y las carótidas. Esto no agrada a Hermida, poco dado a las fiestas de compromiso. “Sea lo que sea, que sea”, dice.

Su gancho horario alzado en el Obelisco gira y remolona cual ronrón de murrungo, y fluctúa la posibilidad del afincamiento en Marte de una expedición de la NASA, o de la ESA —el que llegue primero, bah, pasará de potencia a acto—; quién sabe. Mmmm. Se pelean por él, todos quieren su gravitatoria; todos su circulación; todos su ferretería. Mmm, mmmm. Así le hacen, ¡así le hacen, niquefuera! Y mejor no hablar de las áltuces nevuras que se entroncan, oh letuzas y gatatas y ladichetas, en el escotoma técnico, cantado a la vista por un referí que si no se parece mucho a Nagaryuna, entonces ya no sé más nada. Como Lewis Carroll, observa la falta de ojos en las caras ajenas: la piel los cubre. Horripílase. “Vea lo que vea, que vea”, dice Hermida.

Así tercia. Así se posiciona él, adalid de investigación y desarrollo en un improvisado laboratorio del conurbano bonaerense, y no le refriegan las órbitas (oculares o cualesquiera), y no le captan el paradiddle que viene practicando desde la Época de los Fiordos.

Mejor olvidar. La Época, digo. Y lo demás, no sé.

In memóriam Phineas Gage


V

Dice Malcero Moltovino: “El otro día iba por ahí y escuché una canción que me dio como cosa. Cosa sensatíva, emocionúda, de como algo aquí en mi pecho. Eso que se dice ay qué cul qué fayon qué puertomadero qué costasalguero qué actitud qué rocstar, o por ahí iba el asunto. Cantar cantaba bien el que cantaba, la guitarrita en áspides y asmodeas cimbronava prestas notillas, el bajo bumdumbum bumdumbum bu bum bu bumbum, la batería era una pentópoda cabrona, y antes de la parte de chaaan chan chancun venía otra que era como la trompeta esa del día que fuimos allá, te acordás, y el Tincho se grampó un alcite, qué nabo. Y la letra habla de algo también que está buenísimo”.

Moltovino amenaza con parirse un elefante por la puerta del ascensor, y el público pide más. Esto dice él: “Primero el acorde rítmico de acá hasta acá, haciendo chi pun chi, y eso enganchaba con el estribillo. Y el final viene de repente, en trémolos del wah-wah que afina pararriba y parabajo, con el bajobajo haciendo lo mismo, y el solo de trompeta, en arpegios de escala mundanal o algo”.

Moltovino, el edificio que reseña discos en la revista más importante de la ciudad, da nacimiento a tres nuevos fans, dados al grito extático desde entonces para siempre, como es de público conocimiento. Y la gente apabulla la entrada del recital crítico-pelotudo, rompe los carteles y saquea el escenario. Retardo del artista adolescente, que le dicen.

Moltovino se ha convertido a sí mismo en las oficinas de su revista, y alquila por módico precio un cuartito en la planta baja al cuidador del zoológico, que con cuánto esfuerzo cincha que cincha saca los elefantes en carretilla y los empuja al colectivo, rápido pues hay más gente para subir.

(El tema es: ¿Quién es más artista?; ¿el hueño o la galliza?, ¿la escenia o el atril?, ¿la horma o el contorno?, ¿el pabilo o la contorsión?).

VI

A Abigail y Brittany Hensel..

La madre va con su hijita pelirroja. Han salido del jardín de infantes, y en un quiosco revisan con los ojos la mercadería que rebosa dulzor. Decí que no está el padre, al que no le gustan los alfajores, ni de chocolate ni de nada. Que si no. Pero la madre consiente a su hija un paquete de caramelos, y uno de papas fritas que trae además muñequitos de personajes de dibujos animados, y también un alfajor de chocolate.

En eso pasa una vecina, doña Fernanda Ferreira.

¡Eh, Barry!

Lo mal que hacen.

Ninguno de los lectores se asustará tanto como la nena, pues todavía no dije que doña Fernanda es una mujer-yegua, o si gustan: una lady-mare.

(Lo mal que hacen, con esos rápidos pero erróneos reflejos etimológicos. Lo mal que hacen, puesto que todos han pensado en nightmare, ¿no es cierto, Tom? Pero resulta que en nightmare, el componente mare no guarda ninguna relación con una “yegua”, sino con una entidad femenina maligna del folklore escandinavo que provoca malos sueños al sentarse y calbalgar sobre el pecho del durmiente. Más o menos lo que hacían los íncubos. Esta entidad se llama mara en noruego y danés, y mare en islandés, sueco y nórdico antiguo. Entendámonos, malditos: ¡es la pesadilla quien cabalga sobre su víctima! Por ende una nightmare no puede ser una “yegua nocturna” sino más bien una especie de jineta, en todo caso: y en eso coincide la creencia de que a la mara le gustaba andar a caballo. Todo esto según la Wikipedia, eh).

Mírenla pero no se zarpen, loco. Lo mal que hacen, puesto que doña Fernanda es honrada, servicial, amable.

Doña Fernanda anda por los cincuenta y cinco años, y ahora tiene un pulóver gris, pelo lacio y no muy largo, sujeto con una vincha blanca, una silueta en forma para su edad, zapatillas blancas, y un pantalón vaquero azul, con un hoyo en las asentaderas por el que continúa el resto equino de su cuerpo: torso y un par de patas de un organismo incompleto que la obedece y que trota con ella.

Este animal es ciertamente una yegua sin cabeza ni extremidades anteriores empotrada en las nalgas de su anfitriona. Como en cualquier caso de gemelos conectados asimétricos, y perdón que lo diga así, el parásito quiere en vida aquello que no pudo completar en el vientre materno: un cuerpo entero; y por eso la parte yegua de doña Fernanda no se cansa de crecer a expensas de la energía de la parte humana.

¿Hay una cabeza de caballo dentro del cuerpo de la mujer? Es muy posible. ¿Hay un cerebro de caballo dentro de esa cabeza? También es posible. ¿Crece ese cerebro, y aloja la pseudoconciencia de caballo que tendría si fuera un animal común? Es poco probable, pero antes de sanatear consultemos y traduzcamos un fragmento del quinto capítulo de Anomalies and Curiosities of Medicine de Gould y Pyle, en la versión del Centro de Textos Electrónicos de la Biblioteca de la Universidad de Virginia (que reproduce la edición de W. B. Saunders & Company, Filadelfia, 1901):
Una de las historias más inusuales y melancólicas de la deformidad humana es la de Edward Mordake, de quien se decía que había sido heredero de uno de los linajes más nobles de Inglaterra.

Nunca reclamó el título, sin embargo, y se suicidó a sus treinta y tres años de edad. Vivió en reclusión absoluta, en un rechazo de las visitas de su propia familia. Joven de sutiles dotes, de profunda erudición, y músico de rara habilidad, su figura era notable por su gracia, y su rostro —vale decir, su rostro normal— era el de un Antínoo. Mas en la nuca tenía otra cara, la de una bella niña, “hermosa como un sueño, repulsiva como un demonio”. Este rostro femenino era una mera máscara que “ocupaba una pequeña porción de su cráneo, y que exhibía todos los signos de una inteligencia, aunque de maligna suerte”. Cuando Mordake lloraba, la máscara reía y lo escarnecía. Sus ojos seguían los movimientos del espectador, y los labios farfullaban sin cesar. No se le oía ninguna voz, pero Mordake asevera que durante la noche lo despertaban los odiosos susurros de su “gemela malvada”, como él la llamaba, “quien nunca duerme, pero me habla siempre de cosas de las que sólo en el infierno se conversa. Ninguna imaginación puede concebir las horribles tentaciones que presenta ante mí. Estoy atado a este demonio, ya que seguramente es un demonio, por alguna maldad imperdonable de mis antepasados. Yo ruego e imploro que lo destrocen hasta que pierda toda apariencia humana, aun si a causa de ello muero”. Esas fueron las palabras del desdichado Mordake a Manvers y a Treadwell, sus médicos. Sin que obstara una cuidadosa vigilancia, logró conseguir veneno, e ingerirlo, por lo cual murió, dejando una carta en la que pedía que la “cara demoníaca” se destruyera antes de su entierro, “por miedo a que continúe sus espantosos susurros en mi tumba”. Mordake fue enterrado, según su voluntad, en un vasto lugar, sin lápida ni leyenda que marcase su sepultura.
No sé si esto aclara algo o confunde más. ¿Eh, Barry?

Ahora doña Fernanda charla con la nenita, le pregunta si va a jardín (más vale que sí; por algo ese delantal), si le gustan los caramelos (obvio que sí, o qué), y finalmente, cómo se llama.

Ustedes, pibes de barrio, le gritan cosas a doña Fernanda. ¡Lo mal que hacen! ¡Tom, a vos te digo!

La madre, que no cree que las centauras deban andar sueltas por la ciudad así como así, ocupando vereda y haciéndose notar, se inclina para hablarle a su hija con esa incomodidad respetuosa que aflora en instancias de educación infantil inesperadas: “Contestale a la señora”.

Nada. La nena no habla.

Doña Fernanda comenta algo, una noticia que salió en televisión, anzuelo con que pique la lengua charleta y con forma de pescado del quiosquero. Fssst fsst.

Son unos guachos, mirá que irle a joder la vida a la doña.

El quiosquero no dice nada y sigue pastando las planicies de su local, fsst fssst, y doña Fernanda saca una manzana remolona de su bolso de compras. No estaría bien que la mamá se subiera a doña Fernanda, y que salieran las dos rumbo a no sé dónde.

Cortenlá, loco. Barry, Tom: ¡cállense!

¡No estaría nada bien! ¿Abandonar a su hija, que padece sirenomelia y ciclopia? ¡Pero ¿qué va a decir el padre?!

¡Lo mal que hacen! ¡El día menos pensado te estampa una coz en la frente!

¡Giles!


VII. El diplodoco de mi vecina me come los claveles

—El ayer no importa ni mierdas —me dice la vecina mientras riega sus malvones—. Lo que pasó, pasó; y en el medio no hay nada.

—Buen día —le digo, y veo que a su espalda atraviesa el jardín el pequeño diplodoco de la discordia.

—Anda medio abombado —me dice, señalando al animal con un movimiento de caderas—. Parece que comió unos confites el otro día, cuando vinieron mis sobrinitos. Usted no se da una idea, son todos una maravilla. Incluso el más grande ya sabe contar hasta siete.

—¿El que cumplió veintitrés la semana pasada, ese que a la tardecita se daba la cabeza contra las paredes? ¿O el más alto, ese que me vomitó en el capó del coche y que casi me rompe el espejo retrovisor cuando volvía del trabajo?

—Sí —dice con orgullo, y acaricia la cabecita del dinosaurio—. Además, es muy bien educado: solamente come cuando le dan en la boca.

Miro en mi patio los claveles mordisqueados, los pétalos esparcidos en desorden a lo largo de un camino que conduce a una cucha en el jardín de mi vecina, y me embarga un complejo de sentires heteróclitos, una despareja combinación de ira, enojo, bronca, irritación, furia y ganas de descogotar a la bestezuela para venderla como filé de merluza en la feria el domingo.

—Sí, se nota que es muy educado —le digo—. ¿No pensó en llevarlo al colegio?

El diplodoco frota su nariz contra mis zapatos para demarcar su territorio. O para hacerse el simpático, no sé. Yo aguardo hasta que mi vecina se aleja para arrancar unos yuyos, y ahí nomás le encajo al reptil una patadita que le provoca un respingo.

—Lo llevamos el año pasado —dice mi vecina detrás de un matorral—. Pero no tuvo suerte.

El diplodoco estornuda varias veces y cae sentado. Nos miramos.

—No me diga —le contesto a la señora.

—Es que sus compañeros no lo integran al grupo, ¿me entiende? —dice ella, y se va a buscar algo, refunfuñando.

Estoy a punto de volver a mi casa, a mi tele, al partido de fútbol, a mi cervecita, a mis papas fritas, al sábado que atardece, pero el diplodoco me chista y me dice:

—Cristina Lemercier nunca te perdonará esto —y se va corriendo.

VIII. (En una bolsa de basura)

la piel del día negro lo cubre
y está cadáver

y hace podrido

(harto)

última revisión: 2 feb 09 

miércoles 13 de febrero de 2008

Recitales y desastres

AARÓN MATEO

Jonathan G. Luggnagg, Máquina anticapitalista número 3 (2001)


En el artículo “Contra el recitalismo”, publicado en Los trabajos prácticos en marzo de 2005, Esteban Schmidt opinó acerca del incendio que causó casi doscientas muertes en República Cromañón el 30 de diciembre de 2004, durante un recital de la banda de rock Callejeros.

Schmidt habla ahí sobre eso que muchos llaman el “rock cabeza”, así: “En paralelo con la decadencia nacional, el rock acompañó con obediencia la manía de hacer las cosas mal e indolentemente. No hablamos de un River bien hecho, sino de todos esos lugares chiquitos. Por dentro de ese esquema maltratante fue creciendo el rock más cabeza”. Sin duda (aunque pudo haber usado comillas para distanciarse del tono prejuicioso, y sin embargo no lo hizo) se refiere al rock que escucha la gente morocha y más bien pobre: “cabeza” viene de “cabecita negra”, término despectivo con que se denomina en Argentina, desde hace por lo menos medio siglo, a personas de ascendencia aborigen o de piel no tan blanca.

Y aunque habla del “rock” en repetidas ocasiones, no es para significar “la música del género de rock”, sino un colectivo (que no logro imaginar como tal) formado por las bandas, los managers, los dueños de boliches, los encargados de seguridad, etc. Este desplazamiento semántico hace que se atribuya a la totalidad de las personas que participan en la organización de un recital una culpa que termina recayendo en un género musical (el rock), o si se quiere hilar fino: género: “rock”, subgénero: “cabeza”. La gente del “rock” (ese colectivo heterogéneo) acompañó, según Schmidt, la manía de hacer las cosas mal e indolentemente; pero no menciona, salvo al pasar, el origen jerárquico del mandato: los redactores y los ejecutores de la Ley. Si hay obediencia debe haber una autoridad. (Si, contrariamente a lo que nos propone el anti-recitalista, quisiéramos diluir la culpa en vez de concentrarla, apuntaríamos al sistema. No es eso lo que me intresa hacer: los escribas y los ejecutores de la Ley pueden ser llevados a juicio; no el sistema. No me gusta la música de Callejeros; no me caen simpáticos; probablemente tengan algo de culpa, o mucha culpa: pero no creo que la concentren con exclusividad).

¿Cuál es ese “rock” del que habla el anti-recitalista? ¿Cómo usa ese término? Supongamos que ocurriera algo terrible en un ámbito periodístico; un accidente en un diario o en una radio, o en un canal de televisión. ¿Qué pasaría si uno dijera: “el periodismo acompañó con obediencia la manía de hacer las cosas mal e indolentemente”? Yo sé qué pasaría: me dirían que no habría que generalizar, y que así como no todos los políticos son deshonestos, ni todos los policías delincuentes, ni todos los hinchas de Boca barrabravas, no todos quienes trabajasen en el periodismo serían culpables de causar incendios. Y me dirían que eso que se llama “periodismo” no es un oficio, sino varios. Me dirían: no simplifiques, Aarón. Me dirían que el trabajo de Luis Ventura no es igual al de Oscar Raúl Cardoso, ni el de un corrector igual al de un traductor, ni el de un fotógrafo igual al de un analista político. Me dirían que Ernestina Herrera de Noble no es lo mismo que Esteban Schmidt. Y tendrían razón. Entonces, ¿por qué “el rock” puede ser un negocio a la vez que las personas que por él se vinculan y no “el periodismo”? ¿Será porque algunas actividades son más comerciales que otras? ¿“El rock es un negocio” y el periodismo no?

En un texto firmado por Cochina Esperanza y publicado en el blog Lágrima con azúcar y revuelta en enero de 2005 se lee: “Ya varios periodistas opinaron sobre la presencia de chicos, de madres con sus bebes, etc. Sobre el consumo de alcohol, de drogas. Sobre el sonido, la música, los petardos, las bengalas, etc. Para ser claros: un poco de culpa tienen también los asistentes: son un poco desclasados, revoltosos, desaprensivos, tienen hijos que después no cuidan y todo lo que permite al buen pequeño burgués sentirse satisfecho de saber que esto le pasa a gente que hace las cosas un poco mal, no como él. En resumen: Se opina sobre un acontecimiento ideologizándolo”.

Pero miren cómo el anti-recitalista nos alecciona sobre el arte de olvidar, y cómo reparte culpas entre los muertos: “Pienso que en tanto víctimas tendremos que olvidarlas. Arrastrar cadáveres es recontrapesado. Quiero decir, algún Sebastián o alguna Julia habrá muerto en Cromagnon y ellos fueron las víctimas ese día. El resto de los días fueron otras personas que hicieron otras cosas, estudiaron, por ejemplo, o fueron cientos de veces a recitales así. Incluso un rato antes de ser víctimas fueron tipos que se metieron a un lugar donde no se puede respirar bien y donde no se puede ver a la banda. Algunos fueron con sus bebés y los dejaron en el baño del lugar donde se respira mal pagándole un peso a una señora. Un peso por bebé acomodado en la mesada”.

Schmidt asimila el olvido al acto de liberación de una carga pesada, la de los cadáveres, que es también una culpa: “Y si por casualidad no somos castigados, debemos castigarnos y atarnos una piedra a la pata y caminar, eso sí, en dirección a la luz pero a la velocidad del peso y de la culpa hasta que nos sintamos mejor”. Dicha carga es molesta para quien no desea hablar de la muerte: “Cierto, que un domingo no es un buen día para hablar de la muerte, para presumir de entendido en materia funeraria, máxime si el sol amaga con salir y la zona norte de la ciudad de Buenos Aires presenta, colorida, su maqueta de aquí no ha pasado nada”. Y sin embargo el anti-recitalista habla, habla de la muerte, impelido vaya a saberse por qué. Algo arruina su colorido y dominguero entorno: no el saber que hubo muertos (ya que, según él, algo habrán hecho para terminar así), sino la muerte como tema de conversación. (¿Para qué escribe? ¿Tal vez para quejarse de que le están arruinando su colorido y dominguero entorno?).

También me pregunto: ¿qué habrán escrito los opinadores sobre Kheyvis? (Refrescar memoria con esta nota publicada en Clarín días antes del incendio en República Cromañón). Mientras el desastre de Cromañón parece armonizar con una culpa que se disemina hacia todo elemento relacionado con el “rock” (músicos, dueños de boliches, el público), con suave pendiente hacia las clases media-baja y baja, a nadie se le ocurrió inventar, por lo que sé, una bolsa en que meter juntos a los dueños de Kheyvis, a los pibes que quemaron el sillón (a partir del cual se propagó el incendio), y al disc-jockey que les pasaba música. ¿O la diatriba surge si los muertos superan una cierta cantidad? ¿O el detalle decisivo es la repartija del dinero de las entradas?

Son preguntas retóricas: los que iban a Kheyvis no eran “chabones”, y poco sabían del maltrato como costumbre y la descomposición del mundo que nos rodea: “Tristemente”, dice el anti-recitalista, “el rock chabón marida bien con la sensibilidad barrial y ahí es cuando el maltrato como costumbre y la descomposición del mundo que nos rodea se asocian para la espiral de la muerte”. El prejuicio contra el “rock cabeza” atrae, como un imán, la justificación del desastre como expiación de culpas sociales, o mejor dicho de una marginación social a la que (para reforzar ese margen, para acentuar el prejuicio) conviene identificar con la culpa. (Para anticiparnos, para ponernos al día, alguien tendría que escribir una nota que se llamara “Contra el discotequismo”, o algo así).

Y es que en la idiosincrasia de Callejeros y su público se supone un trasfondo que combinaría bien con ese primer plano que es el desastre, el accidente que pudo prevenirse fácilmente, la bengala encendida en mal lugar, en pésimo momento. Habría que ver si dicho trasfondo tuvo algo que ver con todos los incendios que muestra esta página del sitio World News Atlas. Lo que digo es que quizá no sea muy sabio adjudicarle (al trasfondo) esas coordenadas espaciotemporales que el anti-recitalista marca, con su dedo acusador: el “rock” argentino de los últimos años. Ya que si fuera sabio, ¿qué pensamiento sociológico de cuarta habría que abrazar, entonces, en el caso Kheyvis? ¿Qué pavada habría que pensar sobre tantos otros desastres argentinos? Quizá la cosa vaya por otro lado. No por el lado barrial rockero, sino por el de la desidia del Estado, su ineptitud para planificar y efectuar la prevención, los controles, las clausuras a tiempo (antes del incendio, no después).

República Cromañón, el nombre del lugar, fue una tela de la que muchos recortaron sus jueguitos de palabras, sus ingeniosos comentarios, sus no del todo atinadas metáforas de primitivismo y salvajismo, para pegarlas en artículos y notitas de variada lucidez. (¿Sabían que el hombre de Cro-Magnon tenía más capacidad craneana que el hombre moderno?). Me llama la atención que tantos opinadores hayan señalado tan insistentemente lo que, en realidad, es una pura coincidencia (la precariedad, la berretez de esas dos repúblicas: Cromañón, Argentina), y que hayan interpretado simbólicamente (estúpidamente) un suceso concreto, y con causas que de simbólicas no tienen nada. (A algunos argentinos, parece, les encanta leer figuras retóricas donde no hay siquiera palabras. Les cae un piano en la cabeza, y van al I Ching a desentrañar los sentidos ocultos del suceso. El Titanic se hunde con ellos, y te dicen, mientras se ahogan: “Esto debería hacernos reflexionar a todos los argentinos sobre lo peligroso de subirse a barcos con nombres grandilocuentes. He aquí una lección sobre la soberbia humana, una alegoría prometeica”).

Si bien el desastre de Cromañón fue excepcional, no lo fueron sus causas. Más bien hubo un encadenamiento de benignas casualidades que impidió que un accidente semejante ocurriera antes. Nadie o casi nadie piensa que un incendio como ése podría haber ocurrido en cualquier otro local; un hotel o un shopping, por ejemplo. Es obvio que nadie tendría que encender una bengala en un local, grande ni pequeño, pero también lo es que hay muchas otras formas de generar un incendio. Carlos E. Musse, que no es un opinador, dice en un artículo en el sitio Desastres: “Lo curioso es que las autoridades parecen pensar que solo en las discotecas pueden producirse incendios. En efecto, no se ha visto inspectores en otros recintos abiertos al público, como hoteles, centros comerciales o estadios”. Yo no he visto que ningún periodista haya reparado en esto. (¿Se acuerdan del incendio en Paraguay, en ese shopping?). ¿Qué miran los periodistas? ¿Dónde miran, para qué miran?

Y dice Schmidt: “Podemos pasarnos horas murmurando: ‘Soy de Celina, es un sentimiento, no puedo parar’, pero no va a significar nada. No significa nada importante. Significa: vivís en Celina. (...) Está claro, nadie que salga en la tele quiere ir a vivir a Celina, por lo tanto el de Celina resiste la humillación inventando una identidad. Pero cuando no hay política, cuando hay aguante, se trata objetivamente de una burrada convertida en sacramento y que alimenta el atado con alambres y las niñeras de un peso”. Dice que a “los pibes que iban a Cemento o a Cromañón” les gustaba “intoxicarse, hacer masa”, sentarse a tomar una cervecita contra la pared “con la cara triste”. Y dice, encumbrado en un lirismo tosco, duro: “Un verdadero padre, Chabán, no como el que había en casa, los acojía [sic] en la penumbra, les pescaba la angustia al vuelo y les daba un trago y una canción”. (Generalizar sirve para fabricar estereotipos, algo en lo que el autor se revela un maestro). Resumiendo: según el artículo, los seguidores del “rock chabón” no tienen padres ni identidad, pero sí angustia. Es así que una suerte de lástima hipócrita se edifica (con clichés que fingen empatía) como una pared que separa al inocente (el autor de la nota) del resto culpable (la banda Callejeros, y por extensión “el rock”).

Dice, también: “Pato, que ya es un necio bíblico, fue a la radio vestido con remera negra según vi en las imágenes por Internet y utilizó un lenguaje, con Oro y Feinmann, muy joven. ‘Había una banda de gente’, dijo en un momento, que es lo que antes era bocha de gente y lo que sería mucha gente si hablara como el adulto que es y al que se niega”. El problema es con qué. ¿Con los jóvenes, con los rockeros, con los jóvenes rockeros, con el habla de algunos jóvenes rockeros, con los adultos que hablan como si fueran jóvenes, o con un lunfardo que no quiere mezclarse con otro lunfardo? El autor, en otro artículo del mismo sitio, usa términos como “forrear” y “enculado”. Ahora algunos jóvenes dicen “banda de gente”. Antes algunos jóvenes decían “bocha de gente”. Antes, ahora: ¿Qué diferencia hay? ¿Cuál es el problema? La diferencia es ninguna, y el problema es arbitrario, circunstancial: el de un habla que no tolera el léxico de los jóvenes de hoy, y que sin embargo sí hace uso del léxico de los jóvenes de ayer.

El artículo “Contra el recitalismo” me recuerda a esos programas de televisión en que un camarógrafo y un locutor se adentran en una villa miseria y se espantan (se alivian) al ver cómo vive esa gente (¡al ver cómo no viven ellos!). Digo que se alivian porque esa es la razón de ser de esos espectáculos: clase media mira tevé / se horroriza como ante una película de Freddy / dice qué mal que vive esta gente / apaga tevé / se va a dormir tranquila (aliviada). Algo así como una catarsis clase B. Raramente lo visto produce algo aparte de una conmiseración momentánea, una lástima conveniente; como si esos sentimientos fueran lo que una donación de algunos miles de pesos es para Amalia Lacroze de Fortabat: la adquisición de una tranquilidad. Funciona como una limosna. Al escribir ese texto, el anti-recitalista quiso problemente causar alivio en los lectores de clase media, y en él mismo también, pero su propósito principal fue otro: mostrarse inocente. La meta que él fija en la primera página del artículo (“es hora de que resolvamos el misterio”), se dilucida dos renglones abajo: los Callejeros “son culpables”. ¿Por qué tanta rapidez? Ya sabemos que no sos culpable. ¿Por qué la obviedad?, ¿por qué la necesidad de mostrarse virtuoso, respetable? (No tengo nada contra la virtud, pero me extraña mucho, y a veces me molesta, que algunos se señalen a sí mismos como virtuosos).

Una intelectual argentina una vez contempló a unos “chicos de la calle”. Después escribió una nota sobre “el don de la gracia”, en la revista de un famoso diario argentino. No sé por qué, pero hay algo que me molesta mucho en ese texto... Quiero decir, quiero pedirles a los opinadores: No me cuenten que un pobre puede ser grácil, no me cuenten que sienten el dolor ajeno, no me digan cuán indignante es la injusticia del mundo. La sensibilidad, la compasión y la indignación separadas de la acción no sirven para nada. Hacen que el statu quo persista. Estorban, en realidad, las débiles posibilidades argentinas de justicia, porque subliman (y con ello cancelan) sentimientos y pensamientos que, combinados con algo de voluntad, podrían hacer de este país algo mejor.

Que haya información, sí. Pero guárdense sus opiniones, sus sensaciones: les sirven a ustedes y a nadie más.

última revisión: 14 feb 08

lunes 11 de junio de 2007

Fuga el dolor

WILSON ARISTIDES DE GRAZIA

Caspar David Friedrich, Monje en la orilla (1810)


No hay dolor.

Estoy acá pensando esta frase sin pensarla con estas palabras: “No hay dolor”.

Fuera del Palacio de las Emociones hay un paisaje gris. Me asomo por encima de un muro. El cielo es casi negro, pero puedo ver las formas que se mueven contra él, sobre el horizonte. Tengo fiebre, me zumban los oídos, y a mi corazón le quedan pocos latidos.

Ojo, no estoy muerto del todo.

A la derecha, un bosque. A la izquierda, una ciudad.

Todo es liviano. Camino sin esfuerzo, sin sentir los pies, en línea recta. Bueno, no sé si camino. Quizá sólo cambio el foco de mi mirada y hago ampliaciones del espacio, y ésa es mi exploración de la realidad. Sí, eso. Miro abajo. Avanzo; el suelo está hecho de maderas, trapos y vidrios. Y acá cerca hay un estanque que creo conocer de antes, de otra etapa de mi vida. No lo recuerdo; no diría que lo recuerdo, pues recordar es otra cosa; pero me parece familiar. Me alejo hacia una hondonada que tiene el color de la ceniza mojada. Ahí duermen embarrados los calamares y las medusas del óptimo desdén. Los miro un rato.

Una mujer se me acerca, una mujer que quiere donarme parte de su vida. Su cariño es un halo de luz y calor que reconforta; me acaricia con sus manos y me abraza. Es una sensación agradable, pero ¿qué quiere? No entiendo. Le digo: “–– –– ––––– –––––––”, y le doy la espalda. Me pregunta: “¿No hay nada que hacer?”. Le digo que no. No hay. No hay nada que hacer. La conversación ha tenido la suavidad de la seda; he sido sincero y amable, pero hasta el aire que respiro carece de sentido. Cómo decirlo... Bah, no importa, ya habrá tiempo para pensar.

Una nueva ampliación del espacio me ubica frente a una cabina, en la que un tipo vende entradas. No me deja pasar; ofrezco unos billetes; me dice que están vencidos, o que no circulan en este país. Se escuchan sonidos de máquinas golpeándose, rechinar de goznes y rugir de motores angélicos. “Esas actividades generan felicidad para un montón de gente”, pienso. Recuerdo que hace unos años quise entrar al parque mecánico, y tampoco me dejaron entrar. Esa vez experimenté una tristeza indescriptible.

¡Cómo decirlo!

El cielo ahora oprime tanto que arroja los pájaros al piso. Los vidrios se comban, los insectos estallan, los jardines se secan. Un temblor quiebra la conductividad del silencio, y el nivel del suelo baja de súbito unos metros. Mi caída es lentísima, y cuando aterrizo no siento nada. Algo araña las cúpulas, las torres de la ciudad; algo aplasta los techos de las casas. Cada rosa será un murciélago. Todas las jovencitas que estén al aire libre serán ancianas al cabo de una semana: es el Mamarracho quien ha entrado a la Realidad para infligir su trama de segundos podridos.

Al incorporarme, habiéndome roto algunos huesos, pues hube dado en mi caída contra unas rocas, partes de mi cuerpo se separan de mí y reptan hacia el bosque. Un brazo, una pierna, carnes y tendones. “Pese a las pérdidas, sigo siendo yo”, pienso. “Lo que queda de mí conmigo es lo que soy”.

Quiero entrar a la ciudad. Desde ella me llega una música como de tango, aunque no oigo nada que se asemeje a una música de tango. No escucho tango en esos tangos, pero tampoco en la música escucho música. Toco las paredes de la gran puerta de entrada a la Civilización. ¡Toco las paredes de la gran puerta de entrada a la Civilización! Hay un cartel que no puedo leer. ¿Está escrito en un idioma que desconozco?

Una mujer dice: “El tiempo roe la vida y los dolores son cuchillos que aceleran el proceso”. (Uh, ¿saben qué?, ¡recuerdo un episodio! Les cuento: había una vez un gran incendio en una casa, y un falso maniquí encerrado en un sótano). Habla la mujer: “Es cierto que el fuego es el mejor antídoto contra la vida”. (Recuerdo: el maniquí estaba hecho con papeles de un diario). Teoriza la mujer: “La vida es una hermosura”. (Alguien decía: “En un recóndito pasadizo de tu linaje hay una venganza que apunta directo a vos”). Recuerdo: el diario se llamaba Archivo de Imaginación. (Alguien decía: “Quemé la mitad de mi vida en imaginaciones”).

En la ciudad cierro los ojos, pues me espanta y me aburre lo que veo afuera de mí. Me aburre aunque me espante. ¿Me espantaría aunque no me aburriese?

Fuga el dolor, y todavía no sé si he avanzado o estado siempre en el mismo lugar de aquel lugar rodeado de muros. (Siempre las mismas preguntas, estas sogas que me sujetan a un espacio en que cuestionar es la mejor manera de estar quieto). En un espejo me miro y veo una mueca, graciosa al principio. Una manchita negra camina por mi frente. La tomo con dos dedos y siento como si fuera parte de mi cuerpo; me duele, la manchita, cuando la pellizco. Momento. No es una manchita, sino una punta de un hilo filoso que, cuando tiro de él, traza un quebradura en mi rostro, y me descascara de a poco. Soy surcado por ríos cortantes de pies a cabeza. Me arden los brazos, las piernas, la espalda. Me molesta mi cuerpo. ¿Me queman? Me muevo, no quiero esto, no quiero raíces que crezcan hacia dentro de mí en busca de algo que haga las veces de corazón. ¿Soy vaciado? No: soy extraído. Mi piel y mi carne no ofrecen resistencia: se deshacen como si fueran de azúcar o de harina o de sal. Pero no son de azúcar ni de harina ni de sal. Me desbrazan, me despiernan, me desespaldan, me desrostran. Hay, debajo de mi piel muy delgada, unas esferas húmedas, como ojos brillosos de peces o de ranas, miles de ojitos fríos y mojados que reciben percepciones en ninguna conciencia. Reciben percepciones: en ninguna conciencia. Estoy habitado por mis antecesores prehistóricos. Ellos me observan desde mis adentros. (La conciencia es un espejo. Estos bichos reciben percepciones en un órgano psíquico que no reflexiona, es decir: que no refleja nada. ¡Pero desde ahí, desde mi conciencia, me observan a mí! Y yo, espectador al que nadie ve, reflexiono acerca de ellos). Ah, este espanto...

El horror me despierta a una pesadilla de la que soy sólo un espectador al que nadie ve:

Alejandra es buena, querida, respetada. Alicia, por el contrario, es mala, sufrida, despreciada. Viven así algunos años de infancia hasta que un día Alejandra dona su vida a Alicia. Desde entonces, la niña buena vive la vida de la malvada. Por amor, Alejandra salva de un infierno a Alicia. Lástima que, al dar literalmente su vida por ella, pierde la propia.

Alejandra soporta infinitos sufrimientos y, cuando llega a la vejez, muere. Como el primer ciclo de acontecimientos se ha cumplido, el Mamarracho da inicio a un nuevo juego. Esta vez Alicia vivirá la vida de Alejandra: la niña malvada y humillada suplantará a la niña querida y admirada. Mientras, Alejandra tendrá que esperar; al margen de la vida. Pasa el tiempo y es Alicia la que llega a su vejez y muere. Entonces se cumple el segundo ciclo.

Casi al final del sueño aparece un tercer ciclo, un juego adicional que el Mamarracho pone en marcha desde un punto temporal antiquísimo que nadie excepto él recuerda: Alicia y Alejandra son llevadas a la prehistoria, a los inicios de la vida en la Tierra. El espectador de la pesadilla comprende, junto con Alejandra, que hay que vivir la propia vida y ninguna otra, y se despierta.

Como Alejandra no puede despertarse, se suicida.

Me despierto. Estoy dentro de una pecera, acurrucado, cruzado sobre mi cuerpo. Está oscuro o no he abierto los ojos. La pecera es demasiado chica; no puedo estirarme. Hay agua. Ahora entreabro los ojos: oscuridad. Los cierro enseguida, porque no quiero ver qué hay acá conmigo. No quiero enterarme. Tampoco quiero ver una oscuridad que esconda aquello que no quiero ver, ya sea esto último la oscuridad misma u otra cosa peor. (Una oscuridad en la oscuridad. Eso es lo malo de la oscuridad: puede esconderse dentro de sí misma y ocultarse; pero también puede esconder su voluntad de ocultarse, y cuando eso pasa se muestra tal como es: visiblemente inmostrada, evidentemente inmostrable. ¡Y qué peor cosa que una oscuridad que no quiera mostrarme qué es lo que no quiero ver, en especial si yo mismo ignoro cuál es esa cosa!). Cuando no aguanto más la respiración, abro la boca, y respiro lo más bien. Es agua. “Esto no es real”, pienso. “No me desperté”.

Antes, las cosas tenían una resistencia íntima, un peso coherente, una integridad tangible que las hacía significativas. Mis acciones tenían sentido. Ahora las cosas y las personas no tienen ese peso. Cómo decirlo. Hay como una evaporación de todo; el mundo y sus objetos se hacen translúcidos y livianos. Fuga el dolor.

¡Ni siquiera los recuerdos de haber necesitado! ¡Ni siquiera la seguridad de haber extrañado! Y hace tiempo ya.

Siempre la inquietud como relámpago hacia la parálisis, la introspección como atajo hacia el desconocimiento; la crítica como caída hacia la discordura, ese vacío en que cuestionar es la mejor manera de permanecer descorazonado.

“No me desperté”, he pensado. Pero ¿qué era eso de lo que no me desperté?

Un movimiento. Una secuencia de resoplidos en la que se agarrota una musculatura. Esquizofrenia su cabellera, su piel-pescado. El pasmo, la carne que se hace huesos de la noche a la mañana. El picotazo de un ave, símbolo de la mirada de una mujer loca, lo disuade al movimiento para que no se muerte tan rápido, y arranca frutas y verduras en blanco y negro de un cuadro. Iluminado, acá: un moderno sistema de poleas y cadenas, sostenido por un presentador televisivo dibujado que sonríe a chorros de moco. La calidad de la imagen deslumbra. El dispositivo resiste y es muy moderno. Qué divinas sus ampollas de boca-diente salidas para afuera: su intestino neumático con todos esos esqueletitos resecos, su abdomen hueco que oficia de nido para una colonia de enfermos desahuciados. Cerca de ahí, una reproducción animada, tridimensional y en miniatura de La gran orgía en la Tierra, asistida por un andamiaje de silogismos milagrosos. A punto de reventar. Un hombre con cara de nariz dice: “Y hasta parece que hubiese realidad, sentido propio en este sarcasmo, algo más que un descorazón vuelto de espaldas a pocas bocas de su muerte, a dos o tres caricias de su tumba”. Pero miren allá, allá en la guardería para viejas putas: ¡Están organizando una festichola de jadeos! Es un movimiento en los patios del Palacio de las Emociones lo que resuena como una brisa y se lastima después en algo que habría que llamar indiferencia.

Estoy acá en este lugar pero sin pensar estas palabras: “Estoy acá”. Estoy acá pensando esto pero sin pensar: “Estoy acá pensando esto pero sin pensar”.

Y ahora, en el patio: Las paredes, hermafroditas y cubiertas de piel humana viva. Macetas con plantas que son cabezas y patas de gallinas. Encajan con el ambiente, pero únicamente si se piensa: “Me confundieron con una marioneta”. Eso explica varias cosas.

Fuga el dolor, y el espacio late como si para caminar hubiera que pisar embriones de pequeños mamíferos. Finalmente la Justicia ha procreado sus abortos dentro de su jaula pública y ahora quieren que construyamos con ellos una renovada Civilización a imagen y semejanza. El espacio late con un salvajismo que intimida, y decirlo es lo mismo que vaticinar aquí y ahora la presencia del Mamarracho con su maleza intrincada de cuernos y pezuñas y querubines y babas y mierdas y eucaristías a la que sólo podría referirme con esta frase, sin pensarla con estas palabras ni con ninguna otra:

“Ni siquiera”.

última revisión: 11 jun 07