domingo 8 de marzo de 2009

Qoerqiowe (versión en galego)

EARL THOMPSON

Marta Toledo, ilustración publicada en diario
Perfil (23 dic 2007)

Traducción: Emma Núñez Pérez

No planeta Qoerqiowe hai seres dunha estrañeza inverosímil. Dise —quizais pareza absurdo— que para cada un deles hai un só corpo e unha soa mente. Ósea que a cada mente correspóndelle un corpo, e viceversa. Tamén, que son capaces de deslizarse no espazo pero non no tempo. Iso quere dicir —semella un disparate— que por propia vontade (unha vontade pertencente a un só ser) poden mudar a súa situación espacial con respecto ós outros obxectos e seres. Tal pasmosa habilidade era antano refutada por físicos e matemáticos, pese a inapelables declaracións de testemuñas cualificadas. Máis incomprensible inda é que —segundo crónicas de viaxeiros— estes seres xamais elixen o intre no que están. Obrigados a aceptalo, non poden moverse cara outro, por máis que o desexen. Enténdase: non significa isto que carezan dunha capacidade plausible de ser desenrolada con instrución e práctica, se non que por mera imposibilidade da física de Qoerqiowe vense impelidos a existir só nun dos puntos sucesivos da recta do tempo. Non se trata dun defecto moral, non; non debe achacarse tal estreiteza á desidia nin á maldade. Debe apuntarse, ademais, que a súa prodixiosa liberdade espacial contraponse unha miserable percepción do tempo: apenas unha fracción do que aquí chamamos momento. Alá, un momento é infinitamente pequeno. Noutras verbas: o seu presente ocupa exactamente nada. Non hai verbas con que aclarar semexante contradición ó sentido común. Un avezado lector preguntaría: Non é contraditorio o seguinte razoamento?:

Chámase momento presente ó segmento actual na recta do tempo

Se existe o tempo, entón existe o momento presente

En Qoerqiowe existe o tempo

En Qoerqiowe existe o momento presente

Un segmento de tempo existe só se ten lonxitude maior a cero

En Qoerqiowe o momento presente ten unha lonxitude igual a cero

En Qoerqiowe non existe o momento presente

Co que queda demostrado que non saberíamos que contestar. Baste dicir que estes seres existen rodeados de sendas mares inmensos de pasado e futuro, a costas dun filoso quark ó que chaman presente. Non remata aquí a lista de absurdos. Acerca da psicoloxía destes seres publicáronse varios tratados nos últimos séculos; as sorpresas daqueles primeiros lectores atoparán ecos nas de quen teñan ante si esta páxina. Só un par de curiosidades: a diferenza dos animais do mundo que coñecemos, os que habitan en Qoerqiowe teñen a mente dentro e o corpo afora. Unha rama recente da psicoloxía que se apoia na lóxica simbólica, a teoría de conxuntos, a xeometría de n dimensións, a bioloxía, e conceptos tomados do que se fai chamar matemática especulativa logrou establecer nun plano enteiramente abstracto a existencia de monstros semellantes ós daquel lonxano planeta. Este descubrimento deixou atónita a grande parte da comunidade científica, que ata non hai moito consideraba coma disparatadas as descricións —agora donas dunha probabilidade apuntalada na firmeza da lóxica— dos ousados aventureiros que, convén dicilo, tal vez non houberan merecido ó seu retorno tanta incredulidade, nin insultos, cuspes, azoutes, decapitacións ni gnorjlebskue. (Esta última,unha práctica desalmada, se as hai). Ó parecer, é continxente a configuración dun exoesqueleto emocional e un interior material. Vale dicir, é posible a existencia (baixo outras leis físicas que comezamos a vislumbrar) de animais que teñan a súa parte tanxible recubrindo a súa parte intanxible, seres con emocións e nocións dentro dunha sorte de caparazón material.

última revisión: 27 mar 09

lunes 26 de enero de 2009

Ulinmardgneztsaaar (Cruzado)

MIRKO CLAWSEWICZ

Paul Klee, Jardines del sur (1936)

Señores, he aquí al Ulinmardgneztsaaar (Lgonmu). No hay problema, no pica.

Este ser es una mixtura de todo lo que el sentido común de la raza humana no logra comprender. Es decir, es una rareza. (Es decir, es lo menos redundante: no hay espejo de palabras que lo refleje con fidelidad). Pero no una rareza cualunque, no. Es el plancton más extravagante del que se tenga conocimiento. Es un cactus fornido y carnoso, aunque tiene la delicadeza arenosa del mármol. Es un bebé secuoya, un alga del aire. El clásico miedo que causa tigres.

Sus cuatro vértebras dan sostén a un cavidad central en la que habitan centenares de pájaros, ocho pulpos y un par de arañas. Además, hay quienes aseguran haber visto adentro palmeras, helechos y escarabajos. Todo esto se halla en el abdomen del Ulinmardgneztsaaar (Lgonmu), que en sí mismo es un ecosistema particularísimo por lo que tiene de distinto a lo parecido que es cada ente del exterior (es decir al resto del mundo). Algunos creen que además de abdomen y columna vertebral, este ser tiene también nariz (y hay quienes suponen que no es una nariz sino un cenicero).

¿Anfibio? ¿Monotrema? ¿Reptil con características de mamífero? ¿Mamífero con características de piedra? ¿Ovíparo? ¿Carnívoro? ¿Erizo? ¿Pez? ¿Tijera? ¿Gallina troquelada? ¿Origami desmembrado? ¿Nematelminto crocante? ¿Periodista de rock?

Sí, todo eso. Todo eso es el Ulinmardgneztsaaar (Lgonmu).

Está compartimentado en seis módulos diferenciados, pero integrados:

Módulo 1. Vegetal carnívoro, ateo. Subdividido en cinco regiones: celeste, verde, azul, naranja, y otra vez celeste.

Módulo 2. Denominado “abdomen” por la plebe, es ciertamente un pez cartilaginoso de sangre caliente. Tiene pelos, pezuñas y gran cornamenta; se comunica con otros módulos con un lenguaje de señas cromáticas que emite con una lámpara que lleva en el cuello. Se alimenta de zapatos. Cuando tose, se le escapan pulpos por la boca.

Módulo 3. Humanoide de lata, de 7 milímetros de alto, que en invierno vive en la segunda vértebra del Módulo 5C, y en las otras épocas del año en las hojas del Módulo 1. Irascible, taciturno, tiende a caer presa de los habitantes del Módulo 6, quienes lo sueltan apenas comprueban que no tiene orificios.

Módulo 4. Fungiforme. Cetáceo pequeño del tamaño de la oreja de un avestruz gigantesco (grande como un cetáceo pequeño, del tamaño de la oreja de un avestruz gigantesco —grande como un cetáceo pequeño—). Con plena convicción de lo acertado de las ideas de Jorge Bucay, se trenza en interminables* discusiones con el Módulo 1, que llegan siempre a buen término** luego de que ambos recuerdan sus coincidencias sobre religión. Partidario de una política económica de neto corte keynesiano. Se opone a la televisación de las series SWAT, Diff´rent Strokes, Family Ties y The Little House in the Prairie. Su fuente de energía son los golpes de karate que recibe y guarda en un bolsillo de su camisa.

Módulo 5. Está formado por tres componentes:

A. Dragón de Komodo, filósofo. Vive en órbita alrededor de un huracán. Apto para la organización y conducción de protocolos ceremoniales. Tiene el poder de dictaminar uniones matrimoniales, pero ignora la existencia del número 528. Juega bien al truco.

B. No es nada en especial. Es un espacio reservado de memoria —de 8 kb, identificado con el caracter “B”—, creado para posibles usos futuros.

C. Es la columna vertebral. Centro místico del Módulo 5 y del Ulinmardgneztsaaar (Lgonmu) entero. Administra algunos sectores del Módulo 1. Rara vez (sólo cuando descansa) deja de azotar al Módulo 4 con golpes de karate. Se subdivide en:

Vértebra 1. Acostumbrada a escamotear verdades y promocionar mentiras.

Vértebra 2. Radiante como el sol.

Vértebra 3. Idem, pero de forma piramidal.

Vértebra 4. Tiene tatuada una imagen de Jesucristo.

Módulo 6. Una cantidad indeterminada de enanos ciegos y paralíticos unidos entre sí por sus dedos meñiques. Se desplazan en avión y viven —como mucho— 130 años. Nacen en el hígado del Módulo 2, y al llegar al Módulo 5A se aparean con una única hembra de su especie, a la que llaman (mediante la única palabra que pronuncian en su vida): “Sledztwo”, que significa “zapato” (y que es un zapato, al igual que cada enano). Dicho eso, mueren y se transforman en peldaños de una escalera que lleva hacia una de las —teóricas— fosas nasales del Ulinmardgneztsaaar (Lgonmu). A lo largo de ella emigran hacia el exterior los pichones de águilas de ojos como dagas.

Estas aves, que rondan las cercanías del Ulinmardgneztsaaar (Lgonmu), viven de la carroña (pulpos en estado de descomposición), hasta que desarrollan plumaje, momento en que libran una feroz batalla luego de la cual sobrevive sólo una: ella es el excremento del Ulinmardgneztsaaar (Lgonmu). Las alas de estas águilas de ojos como dagas son consideradas un manjar en los Territorios del Norte.

Bueno, ahora pasemos a la sección “Embriones disecados”. Sí, cómo no, allí al lado del carrito de los chori.

última revisión: 28 ene 09

______
*. En el sentido de que siempre están comenzando.
**. En el sentido de que siempre comienzan mal.

lunes 29 de diciembre de 2008

Seres mitológicos de la pampa argentina en el siglo XXI

SRI MASHTRA NALAKRIYAN

Johann Heinrich Füssli: The Nightmare (1781, detalle)

I

El doctor Carlos Carranza tiene la cabeza cortada al ras, sus sesos al aire y una mandíbula que no mastica pero se mueve. Cuando lo vi, hace dos años, en la reunión anual de la Sociedad Argentina de Escritores, una enfermera lo asistía. Su familia, dos hijos y su esposa, iban en un balde que una mucama trasladaba de un lugar a otro.

—Sun literatón, ond presto mrumbr snicntnis —decía Carranza. La enfermera le pasaba un trapito con el que quitaba la sangre y los pedacitos de materia gris que se acumulaban en los bordes de su cráneo. No tenía ojos, pero oía bastante bien.

—Scienden melínfulos pero gansan pterando cualques décronos —acordaba alguien.

—Quelque scriba pra resoplar sun créspido. —Carranza balanceaba su lengua para relamerse un resto mal cortado del cartílago de su nariz, y largaba flemas y cosas así—: Encambio, ¡jazzottadas as migranhas, solumbran escofielúdas e abercrômbias!

—Exáctomo —decía otra persona—. En se añijan, ondra hulen, pronstiran nicre ond estumo. Ulti afogar occilanda.

Cuando ya no tenía nada que decir, la enfermera tapaba su cabeza achatada con una bandeja de acero, y el escritor cantaba. Su familia chapoteaba en el balde.

II

La señora Ramírez, de profesión enfermera, hace unos ravioles muy ricos.

Todos los mediodías sale al campo a cazar avestruces con las boleadoras que heredó de su primo muerto hace tiempo. No tienen nada que cualquier persona excepto la señora Retamar no haya visto en otras boleadoras; y está bien, porque lo que las destaca son los recuerdos que guarda de aquellas, y no en su mente. Ahí quería llegar: cuando cumplió doce horas de muerto su primo Marcelino dio a luz un avestruz, porque —no sean tarados— le gustó la rima. Era mediodía o había nubes, ya dije. El animal iba corriendo a lo loco por la planicie, y en un susto metió la cabeza bajo tierra y lo vio tendido en el ataúd. Esto sucedió en dos ocasiones, con las que el hombre fabricó las boleadoras. Si no me creen, allá ustedes. La señora Rimoldi tiene muy buena memoria, no en su mente —esto también lo dije; no me aburran— sino en las cabezas cortadas de sus presas.

Lo de los ravioles lo cuento después porque la señora Rita Rodríguez ahora me va a dar unas sorpresas, platos preparados con algo que ha atrapado recientemente... Y después trajeron el rosario de las pezuñas del Diablo.

Váyanse a cagar.

III

Famoso crítico cultural vernáculo habríase alabado a sí mismo con énfasis tal que dos patovicas morrudas que pasaban por su fijación con los filósofos franceses le acaramelaron el trompo con hiedras venenosas.

—No me estaba alabando, me estaba lavando —dice el culto profantrofesor.

Eso enoja mucho más a las patovicas, vacuas cabales en términos de ortografía.

—En términos de ventriculometría auricular, tevamua rompelo janteojo —dicen ellas, en un malabar de sabihondez muy a la moda (pero sarcásticas). Y se hunde Yolando Yáñez en su propia labia:

—¿Dónde está el sarcasmo? No en el trompo. No en mi pasión európea, no en mi desdén argentíneo hacia lo vulgado, lo villeño, lo groncho. Y después me voy a mear de la opulencia a un museo con instalaciones bien conchetas, y música electrónica de fondo. Ay, ¡qué lindo!

Yáñez, cómo le dicen al crítico, y cómo le van a decir si así se llama, pliega las tautografías y los contrascentos, y respira hondo, refinado, evanescente, exquisito, diáfano, y otras linduras que le encanta usar en sus escritos ñudos, brales y sudos, máquina literaria, canon literario, sistema literario, y pone un prendedor de puán en su remera.

—Tevamua reventá —dicen ellas, rondas en un surto hilário, ergásticas, y sacan a relucir un roedor.

—Mi estatus de buengusto intachable —dice él, mártir, y se entrega.

¡Roedor, no desgastes tu paz! ¡Roedor, aclimátate a las pampas! ¡Y el mar!

IV

Héctor Hermida anda por las calles atravesado de fierros escabrosos, llama la atención y no le dan ni la hora, pide gancho y no le llevan el apunte. Pero cuando la hora áurea cuaja en su proporción hormonal maravilhúda, con hirsutos y maravís, lo enganchan y lo atienden como a un rábano, como a un rotor, como a una precisión. Y así su corazón empalma, colgado de su espalda, con la estación espacial MIR o alguna cosa parecida, y los presidentes del orbe, marinitos y copetones en automóviles moloko vellocet, se acicalan y repiquetean los flejes y las carótidas. Esto no agrada a Hermida, poco dado a las fiestas de compromiso. “Sea lo que sea, que sea”, dice.

Su gancho horario alzado en el Obelisco gira y remolona cual ronrón de murrungo, y fluctúa la posibilidad del afincamiento en Marte de una expedición de la NASA, o de la ESA —el que llegue primero, bah, pasará de potencia a acto—; quién sabe. Mmmm. Se pelean por él, todos quieren su gravitatoria; todos su circulación; todos su ferretería. Mmm, mmmm. Así le hacen, ¡así le hacen, niquefuera! Y mejor no hablar de las áltuces nevuras que se entroncan, oh letuzas y gatatas y ladichetas, en el escotoma técnico, cantado a la vista por un referí que si no se parece mucho a Nagaryuna, entonces ya no sé más nada. Como Lewis Carroll, observa la falta de ojos en las caras ajenas: la piel los cubre. Horripílase. “Vea lo que vea, que vea”, dice Hermida.

Así tercia. Así se posiciona él, adalid de investigación y desarrollo en un improvisado laboratorio del conurbano bonaerense, y no le refriegan las órbitas (oculares o cualesquiera), y no le captan el paradiddle que viene practicando desde la Época de los Fiordos.

Mejor olvidar. La Época, digo. Y lo demás, no sé.

In memóriam Phineas Gage


V

Dice Malcero Moltovino: “El otro día iba por ahí y escuché una canción que me dio como cosa. Cosa sensatíva, emocionúda, de como algo aquí en mi pecho. Eso que se dice ay qué cul qué fayon qué puertomadero qué costasalguero qué actitud qué rocstar, o por ahí iba el asunto. Cantar cantaba bien el que cantaba, la guitarrita en áspides y asmodeas cimbronava prestas notillas, el bajo bumdumbum bumdumbum bu bum bu bumbum, la batería era una pentópoda cabrona, y antes de la parte de chaaan chan chancun venía otra que era como la trompeta esa del día que fuimos allá, te acordás, y el Tincho se grampó un alcite, qué nabo. Y la letra habla de algo también que está buenísimo”.

Moltovino amenaza con parirse un elefante por la puerta del ascensor, y el público pide más. Esto dice él: “Primero el acorde rítmico de acá hasta acá, haciendo chi pun chi, y eso enganchaba con el estribillo. Y el final viene de repente, en trémolos del wah-wah que afina pararriba y parabajo, con el bajobajo haciendo lo mismo, y el solo de trompeta, en arpegios de escala mundanal o algo”.

Moltovino, el edificio que reseña discos en la revista más importante de la ciudad, da nacimiento a tres nuevos fans, dados al grito extático desde entonces para siempre, como es de público conocimiento. Y la gente apabulla la entrada del recital crítico-pelotudo, rompe los carteles y saquea el escenario. Retardo del artista adolescente, que le dicen.

Moltovino se ha convertido a sí mismo en las oficinas de su revista, y alquila por módico precio un cuartito en la planta baja al cuidador del zoológico, que con cuánto esfuerzo cincha que cincha saca los elefantes en carretilla y los empuja al colectivo, rápido pues hay más gente para subir.

(El tema es: ¿Quién es más artista?; ¿el hueño o la galliza?, ¿la escenia o el atril?, ¿la horma o el contorno?, ¿el pabilo o la contorsión?).

VI

A Abigail y Brittany Hensel..

La madre va con su hijita pelirroja. Han salido del jardín de infantes, y en un quiosco revisan con los ojos la mercadería que rebosa dulzor. Decí que no está el padre, al que no le gustan los alfajores, ni de chocolate ni de nada. Que si no. Pero la madre consiente a su hija un paquete de caramelos, y uno de papas fritas que trae además muñequitos de personajes de dibujos animados, y también un alfajor de chocolate.

En eso pasa una vecina, doña Fernanda Ferreira.

¡Eh, Barry!

Lo mal que hacen.

Ninguno de los lectores se asustará tanto como la nena, pues todavía no dije que doña Fernanda es una mujer-yegua, o si gustan: una lady-mare.

(Lo mal que hacen, con esos rápidos pero erróneos reflejos etimológicos. Lo mal que hacen, puesto que todos han pensado en nightmare, ¿no es cierto, Tom? Pero resulta que en nightmare, el componente mare no guarda ninguna relación con una “yegua”, sino con una entidad femenina maligna del folklore escandinavo que provoca malos sueños al sentarse y calbalgar sobre el pecho del durmiente. Más o menos lo que hacían los íncubos. Esta entidad se llama mara en noruego y danés, y mare en islandés, sueco y nórdico antiguo. Entendámonos, malditos: ¡es la pesadilla quien cabalga sobre su víctima! Por ende una nightmare no puede ser una “yegua nocturna” sino más bien una especie de jineta, en todo caso: y en eso coincide la creencia de que a la mara le gustaba andar a caballo. Todo esto según la Wikipedia, eh).

Mírenla pero no se zarpen, loco. Lo mal que hacen, puesto que doña Fernanda es honrada, servicial, amable.

Doña Fernanda anda por los cincuenta y cinco años, y ahora tiene un pulóver gris, pelo lacio y no muy largo, sujeto con una vincha blanca, una silueta en forma para su edad, zapatillas blancas, y un pantalón vaquero azul, con un hoyo en las asentaderas por el que continúa el resto equino de su cuerpo: torso y un par de patas de un organismo incompleto que la obedece y que trota con ella.

Este animal es ciertamente una yegua sin cabeza ni extremidades anteriores empotrada en las nalgas de su anfitriona. Como en cualquier caso de gemelos conectados asimétricos, y perdón que lo diga así, el parásito quiere en vida aquello que no pudo completar en el vientre materno: un cuerpo entero; y por eso la parte yegua de doña Fernanda no se cansa de crecer a expensas de la energía de la parte humana.

¿Hay una cabeza de caballo dentro del cuerpo de la mujer? Es muy posible. ¿Hay un cerebro de caballo dentro de esa cabeza? También es posible. ¿Crece ese cerebro, y aloja la pseudoconciencia de caballo que tendría si fuera un animal común? Es poco probable, pero antes de sanatear consultemos y traduzcamos un fragmento del quinto capítulo de Anomalies and Curiosities of Medicine de Gould y Pyle, en la versión del Centro de Textos Electrónicos de la Biblioteca de la Universidad de Virginia (que reproduce la edición de W. B. Saunders & Company, Filadelfia, 1901):
Una de las historias más inusuales y melancólicas de la deformidad humana es la de Edward Mordake, de quien se decía que había sido heredero de uno de los linajes más nobles de Inglaterra.

Nunca reclamó el título, sin embargo, y se suicidó a sus treinta y tres años de edad. Vivió en reclusión absoluta, en un rechazo de las visitas de su propia familia. Joven de sutiles dotes, de profunda erudición, y músico de rara habilidad, su figura era notable por su gracia, y su rostro —vale decir, su rostro normal— era el de un Antínoo. Mas en la nuca tenía otra cara, la de una bella niña, “hermosa como un sueño, repulsiva como un demonio”. Este rostro femenino era una mera máscara que “ocupaba una pequeña porción de su cráneo, y que exhibía todos los signos de una inteligencia, aunque de maligna suerte”. Cuando Mordake lloraba, la máscara reía y lo escarnecía. Sus ojos seguían los movimientos del espectador, y los labios farfullaban sin cesar. No se le oía ninguna voz, pero Mordake asevera que durante la noche lo despertaban los odiosos susurros de su “gemela malvada”, como él la llamaba, “quien nunca duerme, pero me habla siempre de cosas de las que sólo en el infierno se conversa. Ninguna imaginación puede concebir las horribles tentaciones que presenta ante mí. Estoy atado a este demonio, ya que seguramente es un demonio, por alguna maldad imperdonable de mis antepasados. Yo ruego e imploro que lo destrocen hasta que pierda toda apariencia humana, aun si a causa de ello muero”. Esas fueron las palabras del desdichado Mordake a Manvers y a Treadwell, sus médicos. Sin que obstara una cuidadosa vigilancia, logró conseguir veneno, e ingerirlo, por lo cual murió, dejando una carta en la que pedía que la “cara demoníaca” se destruyera antes de su entierro, “por miedo a que continúe sus espantosos susurros en mi tumba”. Mordake fue enterrado, según su voluntad, en un vasto lugar, sin lápida ni leyenda que marcase su sepultura.
No sé si esto aclara algo o confunde más. ¿Eh, Barry?

Ahora doña Fernanda charla con la nenita, le pregunta si va a jardín (más vale que sí; por algo ese delantal), si le gustan los caramelos (obvio que sí, o qué), y finalmente, cómo se llama.

Ustedes, pibes de barrio, le gritan cosas a doña Fernanda. ¡Lo mal que hacen! ¡Tom, a vos te digo!

La madre, que no cree que las centauras deban andar sueltas por la ciudad así como así, ocupando vereda y haciéndose notar, se inclina para hablarle a su hija con esa incomodidad respetuosa que aflora en instancias de educación infantil inesperadas: “Contestale a la señora”.

Nada. La nena no habla.

Doña Fernanda comenta algo, una noticia que salió en televisión, anzuelo con que pique la lengua charleta y con forma de pescado del quiosquero. Fssst fsst.

Son unos guachos, mirá que irle a joder la vida a la doña.

El quiosquero no dice nada y sigue pastando las planicies de su local, fsst fssst, y doña Fernanda saca una manzana remolona de su bolso de compras. No estaría bien que la mamá se subiera a doña Fernanda, y que salieran las dos rumbo a no sé dónde.

Cortenlá, loco. Barry, Tom: ¡cállense!

¡No estaría nada bien! ¿Abandonar a su hija, que padece sirenomelia y ciclopia? ¡Pero ¿qué va a decir el padre?!

¡Lo mal que hacen! ¡El día menos pensado te estampa una coz en la frente!

¡Giles!


VII. El diplodoco de mi vecina me come los claveles

—El ayer no importa ni mierdas —me dice la vecina mientras riega sus malvones—. Lo que pasó, pasó; y en el medio no hay nada.

—Buen día —le digo, y veo que a su espalda atraviesa el jardín el pequeño diplodoco de la discordia.

—Anda medio abombado —me dice, señalando al animal con un movimiento de caderas—. Parece que comió unos confites el otro día, cuando vinieron mis sobrinitos. Usted no se da una idea, son todos una maravilla. Incluso el más grande ya sabe contar hasta siete.

—¿El que cumplió veintitrés la semana pasada, ese que a la tardecita se daba la cabeza contra las paredes? ¿O el más alto, ese que me vomitó en el capó del coche y que casi me rompe el espejo retrovisor cuando volvía del trabajo?

—Sí —dice con orgullo, y acaricia la cabecita del dinosaurio—. Además, es muy bien educado: solamente come cuando le dan en la boca.

Miro en mi patio los claveles mordisqueados, los pétalos esparcidos en desorden a lo largo de un camino que conduce a una cucha en el jardín de mi vecina, y me embarga un complejo de sentires heteróclitos, una despareja combinación de ira, enojo, bronca, irritación, furia y ganas de descogotar a la bestezuela para venderla como filé de merluza en la feria el domingo.

—Sí, se nota que es muy educado —le digo—. ¿No pensó en llevarlo al colegio?

El diplodoco frota su nariz contra mis zapatos para demarcar su territorio. O para hacerse el simpático, no sé. Yo aguardo hasta que mi vecina se aleja para arrancar unos yuyos, y ahí nomás le encajo al reptil una patadita que le provoca un respingo.

—Lo llevamos el año pasado —dice mi vecina detrás de un matorral—. Pero no tuvo suerte.

El diplodoco estornuda varias veces y cae sentado. Nos miramos.

—No me diga —le contesto a la señora.

—Es que sus compañeros no lo integran al grupo, ¿me entiende? —dice ella, y se va a buscar algo, refunfuñando.

Estoy a punto de volver a mi casa, a mi tele, al partido de fútbol, a mi cervecita, a mis papas fritas, al sábado que atardece, pero el diplodoco me chista y me dice:

—Cristina Lemercier nunca te perdonará esto —y se va corriendo.

VIII. (En una bolsa de basura)

la piel del día negro lo cubre
y está cadáver

y hace podrido

(harto)

última revisión: 2 feb 09 

miércoles 13 de febrero de 2008

Recitales y desastres

AARÓN MATEO

Jonathan G. Luggnagg, Máquina anticapitalista número 3 (2001)


En el artículo “Contra el recitalismo”, publicado en Los trabajos prácticos en marzo de 2005, Esteban Schmidt opinó acerca del incendio que causó casi doscientas muertes en República Cromañón el 30 de diciembre de 2004, durante un recital de la banda de rock Callejeros.

Schmidt habla ahí sobre eso que muchos llaman el “rock cabeza”, así: “En paralelo con la decadencia nacional, el rock acompañó con obediencia la manía de hacer las cosas mal e indolentemente. No hablamos de un River bien hecho, sino de todos esos lugares chiquitos. Por dentro de ese esquema maltratante fue creciendo el rock más cabeza”. Sin duda (aunque pudo haber usado comillas para distanciarse del tono prejuicioso, y sin embargo no lo hizo) se refiere al rock que escucha la gente morocha y más bien pobre: “cabeza” viene de “cabecita negra”, término despectivo con que se denomina en Argentina, desde hace por lo menos medio siglo, a personas de ascendencia aborigen o de piel no tan blanca.

Y aunque habla del “rock” en repetidas ocasiones, no es para significar “la música del género de rock”, sino un colectivo (que no logro imaginar como tal) formado por las bandas, los managers, los dueños de boliches, los encargados de seguridad, etc. Este desplazamiento semántico hace que se atribuya a la totalidad de las personas que participan en la organización de un recital una culpa que termina recayendo en un género musical (el rock), o si se quiere hilar fino: género: “rock”, subgénero: “cabeza”. La gente del “rock” (ese colectivo heterogéneo) acompañó, según Schmidt, la manía de hacer las cosas mal e indolentemente; pero no menciona, salvo al pasar, el origen jerárquico del mandato: los redactores y los ejecutores de la Ley. Si hay obediencia debe haber una autoridad. (Si, contrariamente a lo que nos propone el anti-recitalista, quisiéramos diluir la culpa en vez de concentrarla, apuntaríamos al sistema. No es eso lo que me intresa hacer: los escribas y los ejecutores de la Ley pueden ser llevados a juicio; no el sistema. No me gusta la música de Callejeros; no me caen simpáticos; probablemente tengan algo de culpa, o mucha culpa: pero no creo que la concentren con exclusividad).

¿Cuál es ese “rock” del que habla el anti-recitalista? ¿Cómo usa ese término? Supongamos que ocurriera algo terrible en un ámbito periodístico; un accidente en un diario o en una radio, o en un canal de televisión. ¿Qué pasaría si uno dijera: “el periodismo acompañó con obediencia la manía de hacer las cosas mal e indolentemente”? Yo sé qué pasaría: me dirían que no habría que generalizar, y que así como no todos los políticos son deshonestos, ni todos los policías delincuentes, ni todos los hinchas de Boca barrabravas, no todos quienes trabajasen en el periodismo serían culpables de causar incendios. Y me dirían que eso que se llama “periodismo” no es un oficio, sino varios. Me dirían: no simplifiques, Aarón. Me dirían que el trabajo de Luis Ventura no es igual al de Oscar Raúl Cardoso, ni el de un corrector igual al de un traductor, ni el de un fotógrafo igual al de un analista político. Me dirían que Ernestina Herrera de Noble no es lo mismo que Esteban Schmidt. Y tendrían razón. Entonces, ¿por qué “el rock” puede ser un negocio a la vez que las personas que por él se vinculan y no “el periodismo”? ¿Será porque algunas actividades son más comerciales que otras? ¿“El rock es un negocio” y el periodismo no?

En un texto firmado por Cochina Esperanza y publicado en el blog Lágrima con azúcar y revuelta en enero de 2005 se lee: “Ya varios periodistas opinaron sobre la presencia de chicos, de madres con sus bebes, etc. Sobre el consumo de alcohol, de drogas. Sobre el sonido, la música, los petardos, las bengalas, etc. Para ser claros: un poco de culpa tienen también los asistentes: son un poco desclasados, revoltosos, desaprensivos, tienen hijos que después no cuidan y todo lo que permite al buen pequeño burgués sentirse satisfecho de saber que esto le pasa a gente que hace las cosas un poco mal, no como él. En resumen: Se opina sobre un acontecimiento ideologizándolo”.

Pero miren cómo el anti-recitalista nos alecciona sobre el arte de olvidar, y cómo reparte culpas entre los muertos: “Pienso que en tanto víctimas tendremos que olvidarlas. Arrastrar cadáveres es recontrapesado. Quiero decir, algún Sebastián o alguna Julia habrá muerto en Cromagnon y ellos fueron las víctimas ese día. El resto de los días fueron otras personas que hicieron otras cosas, estudiaron, por ejemplo, o fueron cientos de veces a recitales así. Incluso un rato antes de ser víctimas fueron tipos que se metieron a un lugar donde no se puede respirar bien y donde no se puede ver a la banda. Algunos fueron con sus bebés y los dejaron en el baño del lugar donde se respira mal pagándole un peso a una señora. Un peso por bebé acomodado en la mesada”.

Schmidt asimila el olvido al acto de liberación de una carga pesada, la de los cadáveres, que es también una culpa: “Y si por casualidad no somos castigados, debemos castigarnos y atarnos una piedra a la pata y caminar, eso sí, en dirección a la luz pero a la velocidad del peso y de la culpa hasta que nos sintamos mejor”. Dicha carga es molesta para quien no desea hablar de la muerte: “Cierto, que un domingo no es un buen día para hablar de la muerte, para presumir de entendido en materia funeraria, máxime si el sol amaga con salir y la zona norte de la ciudad de Buenos Aires presenta, colorida, su maqueta de aquí no ha pasado nada”. Y sin embargo el anti-recitalista habla, habla de la muerte, impelido vaya a saberse por qué. Algo arruina su colorido y dominguero entorno: no el saber que hubo muertos (ya que, según él, algo habrán hecho para terminar así), sino la muerte como tema de conversación. (¿Para qué escribe? ¿Tal vez para quejarse de que le están arruinando su colorido y dominguero entorno?).

También me pregunto: ¿qué habrán escrito los opinadores sobre Kheyvis? (Refrescar memoria con esta nota publicada en Clarín días antes del incendio en República Cromañón). Mientras el desastre de Cromañón parece armonizar con una culpa que se disemina hacia todo elemento relacionado con el “rock” (músicos, dueños de boliches, el público), con suave pendiente hacia las clases media-baja y baja, a nadie se le ocurrió inventar, por lo que sé, una bolsa en que meter juntos a los dueños de Kheyvis, a los pibes que quemaron el sillón (a partir del cual se propagó el incendio), y al disc-jockey que les pasaba música. ¿O la diatriba surge si los muertos superan una cierta cantidad? ¿O el detalle decisivo es la repartija del dinero de las entradas?

Son preguntas retóricas: los que iban a Kheyvis no eran “chabones”, y poco sabían del maltrato como costumbre y la descomposición del mundo que nos rodea: “Tristemente”, dice el anti-recitalista, “el rock chabón marida bien con la sensibilidad barrial y ahí es cuando el maltrato como costumbre y la descomposición del mundo que nos rodea se asocian para la espiral de la muerte”. El prejuicio contra el “rock cabeza” atrae, como un imán, la justificación del desastre como expiación de culpas sociales, o mejor dicho de una marginación social a la que (para reforzar ese margen, para acentuar el prejuicio) conviene identificar con la culpa. (Para anticiparnos, para ponernos al día, alguien tendría que escribir una nota que se llamara “Contra el discotequismo”, o algo así).

Y es que en la idiosincrasia de Callejeros y su público se supone un trasfondo que combinaría bien con ese primer plano que es el desastre, el accidente que pudo prevenirse fácilmente, la bengala encendida en mal lugar, en pésimo momento. Habría que ver si dicho trasfondo tuvo algo que ver con todos los incendios que muestra esta página del sitio World News Atlas. Lo que digo es que quizá no sea muy sabio adjudicarle (al trasfondo) esas coordenadas espaciotemporales que el anti-recitalista marca, con su dedo acusador: el “rock” argentino de los últimos años. Ya que si fuera sabio, ¿qué pensamiento sociológico de cuarta habría que abrazar, entonces, en el caso Kheyvis? ¿Qué pavada habría que pensar sobre tantos otros desastres argentinos? Quizá la cosa vaya por otro lado. No por el lado barrial rockero, sino por el de la desidia del Estado, su ineptitud para planificar y efectuar la prevención, los controles, las clausuras a tiempo (antes del incendio, no después).

República Cromañón, el nombre del lugar, fue una tela de la que muchos recortaron sus jueguitos de palabras, sus ingeniosos comentarios, sus no del todo atinadas metáforas de primitivismo y salvajismo, para pegarlas en artículos y notitas de variada lucidez. (¿Sabían que el hombre de Cro-Magnon tenía más capacidad craneana que el hombre moderno?). Me llama la atención que tantos opinadores hayan señalado tan insistentemente lo que, en realidad, es una pura coincidencia (la precariedad, la berretez de esas dos repúblicas: Cromañón, Argentina), y que hayan interpretado simbólicamente (estúpidamente) un suceso concreto, y con causas que de simbólicas no tienen nada. (A algunos argentinos, parece, les encanta leer figuras retóricas donde no hay siquiera palabras. Les cae un piano en la cabeza, y van al I Ching a desentrañar los sentidos ocultos del suceso. El Titanic se hunde con ellos, y te dicen, mientras se ahogan: “Esto debería hacernos reflexionar a todos los argentinos sobre lo peligroso de subirse a barcos con nombres grandilocuentes. He aquí una lección sobre la soberbia humana, una alegoría prometeica”).

Si bien el desastre de Cromañón fue excepcional, no lo fueron sus causas. Más bien hubo un encadenamiento de benignas casualidades que impidió que un accidente semejante ocurriera antes. Nadie o casi nadie piensa que un incendio como ése podría haber ocurrido en cualquier otro local; un hotel o un shopping, por ejemplo. Es obvio que nadie tendría que encender una bengala en un local, grande ni pequeño, pero también lo es que hay muchas otras formas de generar un incendio. Carlos E. Musse, que no es un opinador, dice en un artículo en el sitio Desastres: “Lo curioso es que las autoridades parecen pensar que solo en las discotecas pueden producirse incendios. En efecto, no se ha visto inspectores en otros recintos abiertos al público, como hoteles, centros comerciales o estadios”. Yo no he visto que ningún periodista haya reparado en esto. (¿Se acuerdan del incendio en Paraguay, en ese shopping?). ¿Qué miran los periodistas? ¿Dónde miran, para qué miran?

Y dice Schmidt: “Podemos pasarnos horas murmurando: ‘Soy de Celina, es un sentimiento, no puedo parar’, pero no va a significar nada. No significa nada importante. Significa: vivís en Celina. (...) Está claro, nadie que salga en la tele quiere ir a vivir a Celina, por lo tanto el de Celina resiste la humillación inventando una identidad. Pero cuando no hay política, cuando hay aguante, se trata objetivamente de una burrada convertida en sacramento y que alimenta el atado con alambres y las niñeras de un peso”. Dice que a “los pibes que iban a Cemento o a Cromañón” les gustaba “intoxicarse, hacer masa”, sentarse a tomar una cervecita contra la pared “con la cara triste”. Y dice, encumbrado en un lirismo tosco, duro: “Un verdadero padre, Chabán, no como el que había en casa, los acojía [sic] en la penumbra, les pescaba la angustia al vuelo y les daba un trago y una canción”. (Generalizar sirve para fabricar estereotipos, algo en lo que el autor se revela un maestro). Resumiendo: según el artículo, los seguidores del “rock chabón” no tienen padres ni identidad, pero sí angustia. Es así que una suerte de lástima hipócrita se edifica (con clichés que fingen empatía) como una pared que separa al inocente (el autor de la nota) del resto culpable (la banda Callejeros, y por extensión “el rock”).

Dice, también: “Pato, que ya es un necio bíblico, fue a la radio vestido con remera negra según vi en las imágenes por Internet y utilizó un lenguaje, con Oro y Feinmann, muy joven. ‘Había una banda de gente’, dijo en un momento, que es lo que antes era bocha de gente y lo que sería mucha gente si hablara como el adulto que es y al que se niega”. El problema es con qué. ¿Con los jóvenes, con los rockeros, con los jóvenes rockeros, con el habla de algunos jóvenes rockeros, con los adultos que hablan como si fueran jóvenes, o con un lunfardo que no quiere mezclarse con otro lunfardo? El autor, en otro artículo del mismo sitio, usa términos como “forrear” y “enculado”. Ahora algunos jóvenes dicen “banda de gente”. Antes algunos jóvenes decían “bocha de gente”. Antes, ahora: ¿Qué diferencia hay? ¿Cuál es el problema? La diferencia es ninguna, y el problema es arbitrario, circunstancial: el de un habla que no tolera el léxico de los jóvenes de hoy, y que sin embargo sí hace uso del léxico de los jóvenes de ayer.

El artículo “Contra el recitalismo” me recuerda a esos programas de televisión en que un camarógrafo y un locutor se adentran en una villa miseria y se espantan (se alivian) al ver cómo vive esa gente (¡al ver cómo no viven ellos!). Digo que se alivian porque esa es la razón de ser de esos espectáculos: clase media mira tevé / se horroriza como ante una película de Freddy / dice qué mal que vive esta gente / apaga tevé / se va a dormir tranquila (aliviada). Algo así como una catarsis clase B. Raramente lo visto produce algo aparte de una conmiseración momentánea, una lástima conveniente; como si esos sentimientos fueran lo que una donación de algunos miles de pesos es para Amalia Lacroze de Fortabat: la adquisición de una tranquilidad. Funciona como una limosna. Al escribir ese texto, el anti-recitalista quiso problemente causar alivio en los lectores de clase media, y en él mismo también, pero su propósito principal fue otro: mostrarse inocente. La meta que él fija en la primera página del artículo (“es hora de que resolvamos el misterio”), se dilucida dos renglones abajo: los Callejeros “son culpables”. ¿Por qué tanta rapidez? Ya sabemos que no sos culpable. ¿Por qué la obviedad?, ¿por qué la necesidad de mostrarse virtuoso, respetable? (No tengo nada contra la virtud, pero me extraña mucho, y a veces me molesta, que algunos se señalen a sí mismos como virtuosos).

Una intelectual argentina una vez contempló a unos “chicos de la calle”. Después escribió una nota sobre “el don de la gracia”, en la revista de un famoso diario argentino. No sé por qué, pero hay algo que me molesta mucho en ese texto... Quiero decir, quiero pedirles a los opinadores: No me cuenten que un pobre puede ser grácil, no me cuenten que sienten el dolor ajeno, no me digan cuán indignante es la injusticia del mundo. La sensibilidad, la compasión y la indignación separadas de la acción no sirven para nada. Hacen que el statu quo persista. Estorban, en realidad, las débiles posibilidades argentinas de justicia, porque subliman (y con ello cancelan) sentimientos y pensamientos que, combinados con algo de voluntad, podrían hacer de este país algo mejor.

Que haya información, sí. Pero guárdense sus opiniones, sus sensaciones: les sirven a ustedes y a nadie más.

última revisión: 14 feb 08

domingo 18 de marzo de 2007

Teoría de los Cuatro Universos

PETER CONSTANTINI

Sam Javanrouh, Nieve sobre azul (wvs.topleftpixel.com, 2007)

El filósofo está enamorado de la verdad.
PLATÓN

I

Llamemos universo A a ese en el que (Melibé dixit anteayer) las cosas se dan así:

Las historias sólo suceden a quienes son capaces de contarlas, había dicho alguien una vez. De la misma manera, quizá, las experiencias sólo se presentaban a quienes eran capaces de tenerlas.

Anotemos esta idea mediante la siguiente expresión, en la que e representa: “experiencias que suceden sólo a quienes son capaces de tenerlas”, y h: “historias que suceden sólo a quienes son capaces de contarlas”:

A = e, h

Imaginemos luego un universo B, en el que las historias suceden sólo a quienes no pueden contarlas, y las experiencias sólo a quienes no pueden tenerlas:

B = -e, -h

Podríamos pensar, si quisiéramos explorar un poco el asunto, en un universo C (en el que las historias suceden sólo a quienes no pueden contarlas y las experiencias sólo a quienes pueden tenerlas) y un universo D (en el que las historias sólo suceden a quienes pueden contarlas y las experiencias sólo a quienes no pueden tenerlas):

C = e, -h

D = -e, h

II

En el universo A, la relación entre las historias —que suceden sólo a quienes son capaces de contarlas— y las experiencias —que suceden sólo a quienes son capaces de tenerlas— (vale decir: la relación que hay entre h y e) es tal que toda historia está basada en una experiencia. Es decir, que: “Si x es h, entonces x está basada en e”. A su vez, agreguemos que si e es positiva, e es una experiencia “real”; y que si h es positiva, h es una historia “verdadera”:

A = e, h

En A, e es real y h verdadera. Dicho de otro modo: los individuos que habitan el universo A cuentan historias verdaderas basadas en experiencias reales.

Esta interpretación, aplicada a los otros tres universos, nos permitirá establecer los tipos de relaciones presentes en ellos entre el par de variables h y e (historias y experiencias). En el universo B, la experiencia e es “no real” porque tiene signo negativo, y por razón similar la historia h es “no verdadera”:

B = -e, -h

En B, e es no real (imaginaria) y h no verdadera (falsa). O sea: los individuos que habitan el universo B cuentan historias falsas basadas en experiencias imaginarias.

El universo C es más o menos como sigue:

C = e, -h

En C, e es real y h no verdadera (falsa). Vale decir: los individuos que habitan el universo C cuentan historias falsas basadas en experiencias reales.

Y así es el universo D:

D = -e, h

En D, e es no real (imaginaria) y h verdadera. En otras palabras: los individuos que habitan el universo D cuentan historias verdaderas basadas en experiencias imaginarias.


III

En A, todas las historias son verdaderas y parten de experiencias reales. Cada individuo procesa en su mente los datos de sus sentidos y los expone al mundo en forma de enunciados de lenguaje en los que no cuesta entender una coincidencia, un isomorfismo, entre expresión y realidad. Es un universo que nos parece luminoso, transparente, inundado de sinceridad. En A, si usted dice: “Todos los unicornios han ido a esconderse bajo las faldas de la Virgen María” es porque en verdad todos los unicornios han ido a esconderse bajo las faldas de la Virgen María. Ya sea porque la Virgen, su falda y los unicornios debajo de ella hayan existido desde siempre, o porque comiencen a hacerlo en el preciso instante en que usted lo dice, no hay manera de mentir, no hay resquicio por donde mentir. En A es imposible que nadie diga jamás estas tres palabras en este orden: “Soy un mentiroso”.

Aquellos a quienes el ambiente de A les resulte opresivo, especie de Edén obligatorio en que la Serpiente —la mentirosa por antonomasia— jamás asomará su frías narices, hallarán que todas las historias surgen de experiencias irreales y son falsas en B. Lo que los habitantes de B cuentan en sus historias no coincide con la configuración física de ese universo. Estos seres a) obtienen los datos no de sus sentidos, sino de otras fuentes (sueños, imaginaciones, otras historias falsas); b) o bien, aunque quizá los obtienen y los procesan, no hacen historias con ellos. Si bien todas las historias que se narran en B son falsas, no sabemos en qué medida los individuos están enterados de ello: tal vez nadie allí esté consciente de ser un mentiroso; o tal vez sí lo esté, pero no sospeche que todos sus congéneres también lo son.

En C, todas las historias son falsas pese a basarse en experiencias reales. No sabemos qué es lo que sucede dentro de las mentes de los individuos que habitan este universo. Conocen la realidad que los circunda porque pueden experimentarla correctamente a través de sus sentidos, lo que significa que no están locos (no todo el tiempo, al menos). No obstante, no dicen otra cosa que falsedades. ¿Por qué? ¿Qué ganan con ello? Todo lo que se habla y se escribe en el universo C es ficción. Acaso sean demasiado idealistas, acaso su mundo sea horrendo: acaso debamos perdonarlos. Si experimentar la realidad les da ganas de mentir, ¿qué les produce el sueño?

En D, todas las historias son verdaderas pero parten de experiencias irreales. Este universo no es más extraño ni menos posible que los anteriores, pero algo en su descripción nos molesta. A nosotros, que quisiéramos vivir en el universo A, que llevamos a cuestas unos cuantos siglos del pesado mandato platónico de amor a una verdad que raramente se nos entrega sin pedirnos un esfuerzo como el que un enamorado realiza para demostrar sus sentimientos a su amada, a nosotros —digo— no nos gustaría recibir en casa a un visitante que llegase desde este mundo de suertudos, en que todo desperdicio se transforma en oro y ninguna Ciencia hace falta. Los habitantes de D hablan de sus alucinaciones y descubren, al contarlas, la Teoría de la Relatividad. No pueden referirse a una intuición pasajera sin acertar a la posición de la estrella más lejana en el firmamento, ni improvisar un chiste procaz que no especifique, con precisión incontrovertible y para toda la eternidad, el sentido de la existencia.

última revisión: 19 mar 07

viernes 20 de enero de 2006

Lago de noche

YANINO ALVES-BETANCOURT
Krzysztof Domaradzki (aguafuerte, s/t)

(todo oscuridad, excepto los sustantivos, luminosos)

Primer cuadro, en el centro:

un grito quiebra la oscuridad como un rayo
un grito que parte el vidrio de la noche

el lago se divide en dos
entonces, de un lado, a la izquierda, en el pasado, aguas de superficie lisa
del otro lado, en el futuro, a la derecha, aguas de superficie ondeada
la noche es un lago negro

estoy acostado bajo la superficie lisa del lago
acá no hay olas

también estoy parado, mi torso fuera del agua
el agua me llega a las rodillas
el cielo no tiene estrellas ni luna

desde arriba, desde la altura de mis ojos, veo que estoy acostado boca abajo, ahí cerca de mí

un yo horizontal y un yo vertical
desde mi yo vertical veo a mi yo horizontal, que poco ve pues mira hacia abajo, hacia la zona abisal

estoy acostado desnudo bajo el agua
desde ahí siento que me ahogo
me doy vuelta y miro hacia arriba, hacia el cielo
y veo que el lago está cubierto de llamas
la noche se ha incendiado
me asomo para respirar, salgo del agua, pero me quemo
estoy asustado
para apagar el fuego tengo que sumergirme
pero entonces me ahogo

mi yo vertical sólo observa
y a veces reflexiona

esto no me gusta nada
debo hacer algo

pero ¿qué?


Segundo cuadro, a la derecha:

mi yo vertical mira, desde la izquierda, desde el pasado, hacia la derecha, hacia el futuro

desde ahí ve
que hay una mujer desnuda en la orilla del lago de la noche
su piel refulge contra la oscuridad

ella mira la superficie ondeada del lago
y ha gritado

su grito retumba en los tres cuadros


Tercer cuadro, a la izquierda:

mi yo horizontal sale a la superficie para respirar
pero se quema
me quemo

y baja a las profundidades para no quemarse
pero se ahoga
me ahogo

¿qué hago?
¿qué puedo hacer?
esto no me gusta nada

desde arriba, desde la altura de mis ojos, veo que estoy hundiéndome, allá, lejos de mí
desde mi yo vertical veo a mi yo horizontal, que sigue bajando hacia la zona abisal

sigo bajando a las profundidades
tengo miedo
sigo bajando, hasta llegar a donde nada se ve
todo oscuridad

toco el fondo del lago con las manos
veo que se acercan seres luminosos, fríos, hambrientos, pacientes como momias
estoy aterrado

entonces, no soporto más y abro la boca
y tomo agua, para ahogarme
cedo mis pulmones al agua
y empiezo a respirarla

como un pez


Fuera del tríptico:

transpiro, deliro
tengo pesadillas

mi deseo me incendia
tengo miedo

tengo miedo
y sigo tomando whisky

¿me tiro al vacío?
(la palabra suicidio refulge contra la noche)

pienso, en algún momento del insomnio:
“la palabra yo tiene que estar fuera del texto”
¿qué quiere decir eso? ¿por qué pienso eso?
también pienso:
“tiene que haber una división, y debajo, entonces sí, la palabra yo”
¿cómo es que no entiendo lo que pienso?

———————————————————

¿para decir yo tengo que estar fuera del tríptico?

última revisión: 05 ene 06

sábado 31 de diciembre de 2005

Notas desde el subte / 3

Diario de navegación subterránea: 6 de junio - 6 de diciembre, 2005
MARCELINO RETAMAR
John Martin, Pandemonium (1833; ilustr. para El paraíso perdido de Milton)

Parte 3: Introducción al ruido
6 de octubre – 6 de diciembre


Aviso. Alguien que no es Juan El Bautista te espera en la desembocadura del río para quitarte tu nombre.

Terror. Si sueño con un tigre atemorizante, el tigre es irreal pero no el miedo. Y da lo mismo que ahora esté a salvo de todo tigre; y daría lo mismo si pudiera suprimir estas pesadillas; y daría lo mismo que no existieran los tigres: de mi memoria no se puede borrar el registro de ese tope de miedo experimentado. ¿Eso me hace resistente a las monstruosidades del mundo?, ¿o me debilita esa capacidad para el espanto gratuito?

Young-Hae Chang Heavy Industries. Descubrí este sitio hace como dos años, me encantó, le perdí el rastro. Lo encuentro ahora y creo que es el mejor de todos los que he visto (y escuchado) en mi vida. Por lejos, eh. (Young-Hae Chang es mujer, es coreana, y es traductora). Ver (y escuchar): “Dakota” (castellano), “Perfect Victoria” (inglés).

El infierno existe. Y es esta enfermedad: “Fibrodisplasia Osificante Progresiva (FOP) es una rara enfermedad genética que convierte a los músculos y demás tejido conectivo progresivamente en hueso y puede aparecer en la primera o segunda década de vida”. Fuente (de horror sin límites): IFOPA. (Leer las respuestas a las preguntas más frecuentes).

Ver también la página dedicada a Harry Eastlack en Phreeque. (Ojo al entrar al sitio: hay montones de imágenes de diversas deformidades humanas).

Detrimento de la actividad paramédica. Dice Aarón Mateo en un rant como reacción a una noticia de la empresa Metrovías que habla de un “incremento en la actividad cultural” en las líneas de subterráneo de Buenos Aires, en su novela re quemada Plata cromada, ganadora del Premio Sotreta 2018 (no crean que hubo arreglo, no no no), que otorga 35 patacones a repartir entre las doce mejores obras, con un jurado integrado por Josefino Torrontesi (el experto en cine de ciencia ficción), Pablo Codevila (ése), Márley (no el cantante muerto), Adrián Otero (sí), Narizota (el titiritero, no el títere) y Marcos Aguinis (el títere, sí: ese que aparece hablando por ahí cada tanto):

“Digo yo: ¿no se les ocurrió incrementar otras cosas, aparte de la actividad cultural? Por ejemplo, la seguridad de la línea B en días de lluvia (sigan jodiendo, hasta que haya un desastre), la frecuencia en las horas pico (no se puede ni subir, a veces), el funcionamiento de las escaleras mecánicas (que cada dos por tres ¡no andan!), la cantidad de ventanillas para atención al público (¡ventanillas hay, pero nunca están todas abiertas!). Digo, ese tipo de cosas. ¿Les va? ¿O quieren más subsidios del Estado, manga de ladrones h**** d* p**** m** c****** por novecientos treinta marcianos parecidos a Alejandro Rozichner?!”.

(No, ya te digo, cuando este tipo se zarpa, se zarpa!!!!!1111$%%/&(/)).

[N. del E., mayo de 2009: el enlace que Retamar puso a una página del sitio web de Metrovías dejó de existir; ahora las noticias culturales del subte se pueden consultar aquí].

¿Cuántos países hay? La pregunta no es tan simple como parece, dice George Pendle en Cabinet Magazine n. 18. Ahora, si me preguntan cuál es mi país preferido, contesto que es Elgaland-Vargaland, “un país hecho de las intersecciones de los países reales, una nación con un espacio negativo”. ¿Tenés que ir a Transnistria y no sabés para dónde agarrar? Ver en la Wikipedia esta lista de países no reconocidos, es decir, países que no son. Si en cambio querés enterarte de cuán grande era la micronación fundada por el hermano de Hemingway leé esto, y este artículo de Alejandro Moia en Axxón para conocer la historia de Sealand.

Melancolía. Freud: “La sombra del objeto cayó sobre el yo”.

La interpretación de los sueños. “El grupo se llamaba Katrina and The Waves, que significa ‘Katrina y las olas’, y entonces... ”.

Memoriosa maquinaria. Fijate vos que la Wayback Machine guardó una antigua reliquia de Mr. P.C. Hay 40 mil millones de páginas almacenadas. Es bastante.

En este momento no podemos atenderlo. Muérase esperando asistencia médica mientras nosotros seguimos incrementando la actividad cultural.

Nos interesa la cultura. No los pasajeros.

Asistencia médica, ni ahí. Creo que a estos boludazos que atrapan cocodrilos mientras hacen caras frente a las cámaras habría que abandonarlos a la intemperie de su idiotez cuando la fanfarronada les sale mal y es no un cocodrilo ni una serpiente sino un monstruo de Gila en el desierto norteamericano el que de un mordisco les iza los testículos hacia la garganta, un cagazo inolvidable, el bicho aferrado al dedo, el veneno inoculándose, el tipo que palidece, la filmación que se hace desprolija, al rato lo llevan al hospital, casi se muere, se salva por poquito, uf, y promete no hacerlo de nuevo. “Qué retardado mental”, pienso. Al día siguiente leo este post de Guillermo Piro en Kaputt, pienso un rato, y me digo: “Si para abrazar pingüinos hubiera que caminar entre elefantes marinos en celo y orcas asesinas cazando cachorritos de foca, no sé qué es más peligroso”. Y me explico lo que ya sé: que a veces me da gracia no tener sentido del humor. Y me digo: “He ahí por qué no causa gracia lo que escribo: Nadie o casi nadie se da cuenta de que lo irrisorio es esa seriedad en mí, ni de que esta seriedad fuera de lugar es, para mí, muchísimo más graciosa que el mejor de los chistes, que la mejor de las humoradas”. Claro que a veces sí escribo en serio sin doble sentido: ¡No siempre que escribo en serio es para reírme!

Escrito al pasar. 1. Hace poco estuve en La Nación. Se parece mucho a la nave Nostromo, la de Alien. Desde adentro, digo. Porque desde afuera es como un enorme edificio. 2. Por lo que ví, La Nación es una ciudad dentro de un edificio (dentro de una ciudad [dentro de una nación]). 2a. ¿Crecerá La Nación hasta ocupar alguna vez la superficie de la Argentina? 2b. ¿Se achicará el país tanto como para caber en La Nación?

Sinestesia local. Me escribe Trevor Pirff: “Recién estaba escuchando ‘New Killer Star’ de David Bowie y me pareció que unas guitarras de fondo eran verdes, amarillas y revoloteantes. No te rías. A qué viene esto: Fernando Graneros mencionó a Kandinsky en esta nota sobre el recital de Panza del 27 de octubre, esa banda en la que toca la batería ya-sabemos-quién. La letra de ‘Nada es rosa’ dice: ‘nada tiene gusto rosa, / nada tiene sonido rosa’, y sabemos que a Wassily le daban ataques de sinestesia, que algunas de sus pinturas eran como sinfonías de color, etcétera”. Todo este rodeo para confesarme que es un ladrón: “¿Vos no tendrás mi Kandinsky? Lo afané el año pasado del Museo del Prado, lo presté y ahora no sé quién lo tiene”. Moraleja: nunca prestar cuadros (ni libros ni discos).

Bouba & Kiki se fueron al río. Me escribe Aarón Mateo: “El 4 de diciembre de 2003 un nuevo blog (éste) mencionaba en un post a Vilayanur S. Ramachandran y ponía un enlace a su página web. Casi dos años después (el 2 de diciembre), releo el artículo ‘Hearing Colors, Tasting Shapes’ (PDF) publicado en Scientific American en mayo de ese año y recuerdo que cuando yo era chico cada letra tenía un color. (De adolescente leí un famoso soneto y me pareció que el poeta estaba equivocado, equivocadísimo: ¡La letra A era roja, no negra!). Incluso hoy en día asocio en general los sonidos agudos a la luz (que puede ser blanca, o amarillenta o azulada), y los graves a la gama del rojo (de naranja a bordó) o a la oscuridad. Podría decirte que el disco Jazz From Hell de Frank Zappa es más bien ‘kiki’, mientras que el tema de difusión del último disco de Madonna es ‘bouba’ (no te estoy jodiendo, leé el artículo de Ramachandran). Los días de la semana tenían colores: lunes, ocre; martes, marrón verdoso; miércoles, marrón; jueves, ¿verde azulado?; viernes, azul; sábado, rojo; domingo, no me acuerdo, tal vez amarillo. Y también los números, los meses y los nombres de las personas. A qué viene esto: Decile a Trevor Pirff que no confunda sus sensaciones con la música en sí. Yo tengo plena conciencia de que estas asociaciones, que por cierto no son sinestesias auténticas, porque no son perceptuales, no describen en lo más mínimo los fenómenos musicales. Tal vez no lo comprenda jamás, porque es crítico de música, pero decíselo igual. Ah, y el Kandinsky (que obviamente es ‘kiki’) lo tengo yo y no pienso devolvérselo”. Moraleja: ¿quién quedó?

Verbos terminados en punto com. “Todos los términos que elijo para pensar son para mí TÉRMINOS en el sentido propio de la palabra, verdaderas terminaciones, lindes de mí”, escribió Antonin.

(Cuando Gwen Mansillas pasa al lado mío y avizora la cita con sus ojos de águila, me dice: “Si te gusta Antonin, ya sé qué podemos esperar de tu aporte a la revista: poetas malditos, anarquismo estudiantil, quejas contra Bush malo, plegarias al Che bueno, reggae, punk, Bukowski, marihuana, y remeras de Fidel Castro y Hugo Chávez”. Le digo que no es el caso, pero no sé si me cree).

Es roja, nomás. Varios días después de recibir el mensaje de Aarón Mateo sobre sus experiencias sinestésicas: una, dos concidencias sobre el color de la letra A. Es algo.

La hermana tonta. “Además”, dice Gwen ácida, “no sos original, esa cita la afanaste de otro blog”. Le digo que no afané nada, que por qué no se deja de joder y se va a usar su intuición femenina a otra parte. Me dice: “Eso de la intuición femenina es un gran invento de ustedes los machistas: como no podemos ser inteligentes, porque la Razón es masculina, tenemos que contentarnos con la intuición, un juguetito prelógico con el que pasar el rato hasta que ustedes vengan a explicarnos el mundo cuando se cansen de hablar sobre hombres pateando pelotas, o pateándose las pelotas, no sé”. Interviene entonces Ivan Dobrovolny: “También es estúpido y discriminatorio pensar que solamente las mujeres pueden intuir. La intuición es un avión que ve desde gran altura lo que su hermana tonta la inteligencia debe ir a palpar al fondo de las aguas como un buzo”. Y contrataca Gwen: “¿Ah, sí? Y, decime, ¿intuiste vos que creo que sos un gil de cuarta? No rompas las pelotas, eso también lo afanaste de un blog, del mismo blog”.

Temer. Empieza restando importancia a lo prescindible, y le da resultado. Y ahora quisiera sufrir otra vez, pero no recuerda. No sabe, no recuerda sufrir.

Definir (RAE). 1. tr. Fijar con claridad, exactitud y precisión la significación de una palabra o la naturaleza de una persona o cosa. U. t. c. prnl. 2. tr. Decidir, determinar, resolver algo dudoso. U. t. c. prnl. 3. tr. Pint. Concluir una obra, trabajando con perfección todas sus partes, aunque sean de las menos principales. 4. prnl. Adoptar con decisión una actitud.

Matar. Un poema de Laszlo Hrbati: “Matar a otro es definirlo, terminarlo, precisarlo, / fijar para siempre su forma en el tiempo, / ahogarlo esculpido en la piedra del pasado. / La muerte está en todo cuerpo desde que nace: / es ella mi terrorista con quien moriré. / Matar es hacer actual lo inexorable del otro, / traer al presente el único suceso cierto en su futuro, / imponerle a un cuerpo su porvenir absoluto. / Cada ser que nace viene ocupado por una muerte pesada / como su cuerpo lleno de plomo. / Caemos”.

No me gustó nada, pero lo tradujo Gwen Mansillas para una Antología poética anticipada que se publicará el año que viene en una editorial que todavía no existe en el futuro pero sí en el pasado, y me desafió a que lo anticipe aquí.

Adivinanza. En un cuaderno de Yanino Alves-Betancourt: “Existe algo mucho peor que la tristeza, y es la depresión. Existe algo mucho peor que la depresión, y es la melancolía. Existe algo mucho peor que la melancolía, y no tiene nombre, y no es la muerte”.

Felicitación. A los que hayan dádose cuenta de que en los textos publicados el 3 de abril hubo palabras en idioma lojban.

N. del E. Estas notas se escribieron en una secuencia que no es la que se muestra acá.

El triunfo del mal. De los muchos monstruos del siglo XX, esos dos que se destacan como satanes ante la compungida jeta del Sacro Imperio Democrático de Occidente opacan el brillo de otros que merecerían algo de reconocimiento. (Ver esta lista de atrocidades en el sitio de Matthew White). ¿Quién sabe que más de un millón de bengalíes murió masacrado en 1971? ¿Quién se acuerda de que en 1994 casi un millón de personas fue asesinado en Ruanda? Pero sus nombres, los de los asesinos, yacen en el fondo del río revuelto que es el pasado reciente según lo pintan los medios masivos de comunicación. Lo pintan mal, porque lo diseñan.

Vade retro. Cuando Adolfo o José son la medida del mal, aquel que no mata seis u once o veinte o cuarenta millones de personas pide carnet de héroe o santo. Y la aniquilación del enemigo halla justificación en la prevención de retornos de fantasmas indeseables: Adolfo y José son cucos útiles, posibles desenlaces distópicos que hay que evitar a cualquier costo. No dejemos que Saddam se convierta en el próximo Adolfo, etc. Detalle a ocultar (detrás de un arbusto): el abuelo Bush (shh).

Lo importante. En el tren, el tipo de al lado lee una revista Viva. En la tapa hay una modelo o actriz y al costado una fotito de Aldolfo. Algo me molesta. No sé qué, todavía. Miro la revista, trato de leer los títulos, tuerzo la vista más, pero no, no alcanzo a ver qué actriz o modelo es. No importa: algo me molesta. La fotito es en blanco y negro: Adolfo y su bigotito... Ya sé, ya sé: Lo que me molesta es el diseño, pero no ese diseño en particular, sino cualquiera que incluya una foto de Adolfo que cumpla una función digamos estética, berreta pero estética, que busque que el lector experimente agrado al observar texto-e-imagen. (En la estética funcional del diseño, lo agradable es la máxima aspiración). La molestia que siento es de la misma clase que la que me provoca oír que le dicen “Chiche” a Hilda González de Duhalde. Yo no quiero sentirme familiarizado con esa señora: no soy pariente ni amigo ni conocido de ella, ni quiero serlo. ¿Por qué los periodistas le dicen “Chiche”, como si fuera familiar o vecina de todos los argentinos? Otro ejemplo: una nota sobre un ex presidente, en Canal 13, hace unos meses, con música árabe de fondo, y el tipo bailando con una odalisca. La nota no era favorable, pero la imagen, el sonido y el tono de la locución tendían a que el espectador sintiera algo como simpatía, o mejor dicho un desdén con algo de simpatía hacia ese repugnante carlos saúl político. ¿Y saben qué?: no quiero que me pongan esa musiquita del orto para que el detestable político me parezca gracioso o pícaro. Me parece detestable y nada gracioso, y me parece que tendría que estar preso, pero tu tonito, periodista semianalfabeto de A Dos Voces, da ganas de vomitar. Bueno, retomo lo que estaba pensando: Lo que me molesta de la fotito de Adolfo en la tapa de Viva es que está al servicio de esa estética prolija, algo afeminada o tal vez feminoide, correctísima y sobria y berreta de “diseño comunicacional” (si tal cosa existe) del Grupo Clarín. Correctísima y sobria como Biassatti y berreta como Suar y feminoide como A Dos Voces. Esto no da para más, pero sigo pensando: El recurso del seudónimo “Chiche” también está al servicio de un diseño comunicacional, planificado seguramente por los asesores-de-imagen de esta siniestra dama, ex primera, candidata ex, ex ex. Basta, basta, esto ya es cualquiera, estoy exagerando y el tema se agotó, pero sigo: Eso es lo que rompe las pelotas: que pongan sendas fotitos de Adolfo y de una actriz separadas inocentemente por el logo de la revista, tan prolija, tan clase media (así es Viva), me molesta la rectitud de las líneas divisorias entre fotos y logo, el color suave (agradable, delicado, correcto) del logo, lo siniestro enmarcado en la simpatía y la inocencia, el titular en el borde más estridente de lo llamativo pero sin tocar el amarillismo (así es Clarín), lo siniestro funcional, diseñado, presentado como agradable (delicado, correcto), qué asco, mejor sigo leyendo los Viajes de Gulliver, ¿por qué página iba?

Plusvalía. Microcuento de Hart Loomis: “La jefatura de un gobierno, compuesta por el poder ejecutivo y sus socios, tiene mayor capacidad homicida que la población civil; esa aptitud es necesaria, valiosa, respetable, y por eso se protege a su portador. Cuando chocan los intereses de dos jefaturas, en la intersección violenta de naciones llamada guerra abundan los ciudadanos comunes y, en menor cuantía, los soldados. Un soldado es un ciudadano que ha donado su cuerpo, voluntariamente o no, al servicio de una organización homicida. Por lo general morirán muchos siervos del mandato homicida y más ciudadanos comunes pero no el portador de la aptitud”. (Traducción de A. Z).

Brecha. Usted no pretende cambiar el mundo: sea más cínico que un hippie, pero menos garca que un político.

Nuevos motivos por los que la estupidez triunfa. “El mundo no hay que cambiarlo, sino rediseñarlo”. ¿Sería algo así como suplantar un “mandato cultural” tontito (porque es apenas una frase: cambiar el mundo) por otro aun más tontito?

The ad is in the show. Nada nuevo: “The MTV machine doesn't listen to the young so that it can make the young happier. It doesn't listen to the young so it can come up with startling new kinds of music, for example. The MTV machine tunes in so it can figure out how to pitch what Viacom has to sell to those kids. And this speaks to the inexorable narrowing of the range of content, despite the fact that so many champions of the status quo keep talking about all the choices that we all now enjoy”. Fuente (de malas noticias): Mark Crispin Miller en una entrevista en Frontline (PBS). Son noticias viejas. Pero tiene razón.

Sostiene Witold. En contra de lo que llama “poesía pura” sostiene Gombrowicz: “... y podemos definir al poeta profesional como un ser que no se puede expresar a sí mismo porque tiene que expresar los versos”. ¡Pero si eso es lo positivo de la poesía! ¡Es el resto, lo que se escribe para construir un sujeto inflexible e indivisible, lo que no sirve! ¡Es esa interminable remodelación escrita del ego lo que me tiene harto, no la poesía ni el lenguaje!

Bienvenido. Te damos la Libertad de diseñarte a ti mismo como nosotros queremos que lo hagas.

Lado A. Estamos almorzando, conversando de cosas muy interesantes, de veras interesantes, y en eso todo se convierte en pesadilla, horror sumísimo, la perdición, el fin de todo: adiós. Al rato, con mucho miedo y sabiéndome un condenado, me pongo a pensar en la situación ahí en el Mundo I y llego a la conclusión de que estoy en un sueño. De no creer, pero si estamos en un sueño habrá que salir de él. Tomo aire y hago fuerza para despertarme, un esfuerzo físico que se parece bastante a salir a la superficie desde adentro de un mar de brea, no puedo, pruebo de vuelta, y entonces sí, salgo, me despierto en el Mundo II, que es como se me ocurre llamarlo momentáneamente. Todo es común y corriente, digo: “Bien, por fin en la realidad”, salgo de la cama, me lavo la cara, me visto y miro por la ventana. Salgo a caminar pero me tropiezo y sin querer ni saber me despierto en otro mundo, el Mundo III, que es éste que ustedes conocen, o sea la realidad.

REC. En “The Neurobiology of Self” (PDF), Carl Zimmer cuenta el caso de D. B., un hombre que se conocía a sí mismo pese a que sufría de amnesia. Zimmer tiene un blog, y acá está el post que me llevó al artículo publicado en Scientific American de noviembre.

FF. Con cada paso que doy puedo perder mi vida si tropiezo hacia adelante en ese pozo oscuro que tiene la forma definida de mi sombra, ese hueco esculpido al detalle que es mi tumba en la tierra, esa estatua negativa de paciencia insuperable que me espera. (Posdata: Prueba de que en el Mundo III también puedo tener pesadillas estando despierto).

REM. Pregunta Jerome M. Siegel en su artículo “Clues to the functions of mammalian sleep” (PDF) que procederé a leer con toda felicidad cuando termine de redactar un informe para una academia: “Why do we spend one-third of our lives asleep? Why has our body evolved to press us relentlessly to make up for lost sleep? Can we separate the drive for sleep, manifested in sleepiness, from the function of sleep, as we can separate hunger from the benefits of food consumption? Why do so many species habitually sleep much more than humans, and others much less, and how do species that sleep for only short periods accomplish the functions of sleep in less time? Why does the daily sleep amount decrease from birth to maturity in all species of terrestrial mammals? And why do we have two kinds of sleep, rapid eye movement (REM) and non-REM (NREM) sleep?”.

Bien, y ahora una nota para un cuento: un tipo descubre que estando despierto mueve sus ojos igual que en un sueño REM. Etcétera, etcétera.

Lado B. Lo maravilloso, pienso mientras me despierto y recreo en el acto mi conciencia, y pierdo lentamente las costumbres y los conocimientos y la memoria que tenía en mi sueño y en mi sueño dentro de ese sueño, no es que haya un Mundo I y otro Mundo II, sino que exista este Mundo III que permanece relativamente estable, fijo. La realidad, por su relativa continuidad y coherencia, es un milagro dentro del universo de mundos inestables, caprichosos, y que debo llamar “oníricos” desde este Mundo III, pues es así como aquí se piensa: pues es así como aquí se piensa.

La raza irritable de los poetas. R. Revagliatti en el blog recopilatorio Artes poéticas: “Si un poema no llega a ser un poema / no es un poema: / es lo que es // Un verdadero poema no es lo que es”.

Velocidad. (Antedata: Temible reformulación de un viejo texto publicado por ahí). Ninguno de nosotros tiene la certeza de que va a estar vivo mañana, o dentro de una hora, o dentro de un minuto. Vivir es dilucidar una intriga: qué va a pasar conmigo en los próximos dos segundos en caso de permanecer vivo. Y, pasados esos dos segundos, qué voy a hacer conmigo en caso de seguir vivo, en caso de seguir conmigo. En cada momento de la vida la muerte está delante de mí: voy pisándole los talones.

Ojalá. Ojalá fuera un invento eso de arriba. Una pura imaginación. Una ilusión.

Acá no hay ego. Yo, Marcelino Retamar, no soy yo: y es verdad: y no es una opinión.

Audiopercepción. Escribe Trevor Pirff en su enciclopedia poética Introducción al ruido: “Escucho Mikka, for solo violin de Iannis Xenakis. Los sonidos, sus formas, sus movimientos, son como rayones de tinta negra, como pinceladas, curvas y dispuestas horizontalmente, sobre un fondo de silencio, o de no-suceso, que imagino blanco. Creo percibir que hay algo de japonés en esos signos de sonido; sin duda una ilusión. Trazos sonoros que parecen ideogramas. Algunos trazos me causan cierta gracia. Otros me aterrarían si estuviera en una pesadilla. Mi estado mental es una pieza del rompecabezas; la música, otra. Mejor dicho: mi mente y la música son piezas que encastran una con otra, y que al hacerlo se dan forma: el fluir de la música altera mi pensamiento, y mi pensamiento causa cambios en la música, en el modo en que la percibo. O también: mente y música como serpientes que avanzan enroscadas, buscándose, mordiéndose, arrastrándose. Al costado de mi pensamiento, las ilusiones... ”.

Oído al pasar. Un par de estaciones más y me bajo. Tres chicas hablan sobre exámenes, psicología, libros. No es habitual ser espectador y oyente de esto en un vagón, y entonces suelto mi atención del libro que ojeaba (The Seed de Davide de Angelis, un regalo de un blogger). Una menciona a Beatriz Sarlo y dice (¿es posible?): “Está hecha una estúpida”. Sigo atento a las palabras, pero en el tren hay ruido, y me llegan frases cortajeadas: “estúpida”, “qué hace escribiendo en esa revista”, “no lo puedo creer”. La chica habla de un artículo de Sarlo en Viva. No hay caso, ahora no distingo lo que dice. Es la última estación; ya bajamos. Nunca sabré a qué artículo se refería. (Por si acaso no haya quedado claro: hay un blogger que regala libros. Y discos también. A cambio de qué: de nada. Dato: es un galés que vive en Suecia. De nada).

Ôdishon. Mientras alguien dice no sé qué cosa por los altavoces, me vuelve el recuerdo de lo que pensé después de leer un post en Valley of Tears hace casi un mes, y pienso: “No entiendo. Si tiene sentido hablar de realismo es porque hay algo distinto del realismo, o sea que debe haber un no-realismo. ¿Y dónde está el no-realismo sino en la realidad? Si establecemos que nada existente hay fuera de la realidad, puesto que la realidad es todo lo existente, ¿por qué creer que hay vías de acceso hacia la no-realidad, como si fuera posible poner un pie en ella, lo cual no es así pues mis pasos confieren realidad a lo que pisan? La falta de realidad es imposible, al menos mientras yo esté aquí: Existe lo real allí donde yo esté. Las vías de acceso a la no-realidad están interrumpidas por empedrados de realidad que uno mismo fabrica para ir más allá: de la realidad no se escapa. Para conocer la no-realidad tendría que estar allí sin que fuera yo el que estuviera, tendría que ir para encontrarme con nada y nadie, ni siquiera yo mismo: ir para desencontrarme con Todo”. Hay demoras en el servicio, dicen los altavoces. Sigo recordando: “El no-realismo es ese empedrado a través del que alejarme del centro de la realidad. Pero no hay manera, porque el centro de la realidad viene conmigo doquiera que vaya”. Me apoyo contra una pared y miro una publicidad. Aunque veo la imagen y leo las letras, no comprendo qué quieren venderme. No me interesa. “Doquiera”, digo en voz baja. Estoy demasiado concentrado en mi recuerdo: “¿Qué significa que Policías en acción es la ‘mera’ realidad? Supongamos que salgo con una cámara y grabo un procedimiento policial durante 3 horas, que lo edito, y que de ese material se emiten por televisión finalmente unos 10 minutos: ¿Qué pasa con todos los fragmentos faltantes? ¿No es esa emisión tan no-realista como la película de Miike? ¿Cómo creer que unas imágenes grabadas en un lugar y reproducidas tiempo después dentro del marco de una pantalla a kilómetros de distancia (un reality show) son más realistas que otras imágenes grabadas en un lugar y reproducidas tiempo después dentro del marco de una pantalla a kilómetros de distancia (Ôdishon)? Si realismo es fidelidad de la copia respecto del original, y si la película de Miike es una repetición en imágenes-en-movimiento de lo actuado por unas personas, y si toda repetición en imágenes-en-movimiento es una imitación de los cambios de la disposición de luz en un lugar dado y percibido desde uno o varios focos, y si toda actuación es también una imitación, ¿no es más realista esta clase de repetición, es decir más fiel al carácter imitativo de lo repetido, que un reality show que repite algo no actuado, es decir que pretende imitar algo no imitado?, ¿no es más pura, y más realista, y una copia más fiel a su original, la imitación imitada, que la no-imitación imitada?”. Y recuerdo también que Eulogio Zwtzig me decía más o menos esto cuando hablamos de esa película: “Eso no es nada. A poco que uno piense, y no hace falta tener inteligencia ni mucho menos ser intelectual, porque yo inteligencia no tengo e intelectual no podría ser aunque quisiese, resulta curioso que las actividades de los policías en el reality show y las de los actores en Ôdishon parezcan, para alguna gente, tan diferentes entre sí. A poco que uno piense, los actores y los policías usan sus cuerpos para responder a órdenes escritas: el guión de Ôdishon por un lado, y las leyes argentinas por otro”. Le contesté que la película podría gustarme, si es grotesca, porque el grotesco es el único género artístico que me interesa. “Grotesca, es. Aunque no sé muy bien qué es el grotesco... porque hay definiciones distintas. No es un género artístico primario, por decirlo así: el grotesco es una mezcla. ¿Quizá lo que causa repulsión? A mí Ôdishon no me causó repulsión hasta la parte en que la chica le empieza a cortar el segundo pie”. Cerca del final. “Sí. Tampoco fue repulsión. Más bien cansancio, saturación. Aburrimiento. Me aburro rápido”. Ah, claro. Te aburrís. “Si la gente se impresiona con este Miike, me gustaría ver qué pasaría si tuvieran pesadillas como las mías: más sangrientas, más violentas, más perversas en todo sentido”. Ah, no sos tan cool. Nada menos cool que una pesadilla... Alguien debería filmarlas, ¿no creés? “Sí. Yo ofrecería mi psique mecánica al estudio científico. Para variar, trataría de que las películas no terminaran con todos los cabos atados. Si no, me aburro. Dios mío, cómo me aburro... En Ôdishon, en eXistenz, en la Child’s Play de Val Guest, estoy prendido a la pantalla hasta que me cuentan la verdad completa. Entonces me siento literalmente desilusionado, descorazonado”. Por eso te gusta Haruki Murakami. “Sí”. Pero literalmente descorazonado estás siempre, porque no tenés corazón. ¡Sos un robot, Eulogio! “Me agarro al recuerdo de haber tenido un corazón al que retornar”. Heart-shaped Hole. “¿El tema de Nirvana?”. No, ese era Heart Shaped Box: caja con forma de corazón. “Hole se llamaba el grupo de Courtney Love, curiosamente”. Love is all you need. “No me hables de Lennon, otra vez”. Hoyo con forma de corazón. “¿Qué? No comprendo”. Y, sí.

Gracias por su incomprensión. Más de Philip Thomson en su libro The Grotesque: “It may be felt, both in relation to the above passage and generally, that there is no point to the grotesque, that it is a gratuitous mixing together of incompatible elements for its own sake, or for no other purpose than to bewilder the reader”. Fuente: este sector del sitio homónimo de David Lavery.


última revisión: 3 jun 09